El Tribunal Constitucional conservador de la Concertación

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foto de sebasfunk, en flickr

El Tribunal Constitucional suele ser un lugar raro, extraño. En parte porque el grueso de su trabajo suele ser bastante gris, pero fundamentalmente porque su labor es detener, controlar la voluntad popular. Controlarla de los excesos, de esas decisiones irracionales que a veces se legitiman por mayorías fugaces.

Cuando ello sucede, este grupo de señores se pronuncia, indicando si esa decisión mayoritaria se encuentra o no dentro de los marcos que establece la Constitución. De alguna manera, actuando como un “legislador negativo”, como un contrapeso a la voluntad popular. A veces autorizándola, otras veces oponiéndose.

Salvo deshonrosas excepciones -cuando nombran a un señor de dudoso compromiso con la democracia o otro con pasado en la oficina de censura de la dictadura– en países bananeros como el nuestro no se suele prestar mucha atención al nombramiento de estos jueces.

Otra excepción, otro momento en el cual nuestros ojos suelen detenerse un par de segundos en esta institución, se produce cuando ella adopta decisiones impopulares o bien se arrogan más poderes que los que la propia Constitución establece. Porque claro, una vez que son nombrados, estos señores son inamovibles en sus cargos y sus decisiones son inapelables.

Hoy la Presidenta Bachelet, a horas de entregar la banda presidencial, ha decidido nombrar a su ministro José Antonio Viera-Gallo como nuevo miembro del Tribunal. Viera-Gallo es militante socialista con fuertes lazos con la elite tradicional y una innegable cercanía con la derecha y la iglesia católica.

El pasado sirve, entre otras cosas, para aprender. Y, en este caso, la Concertación debió haber aprendido lo que se juega y lo que ha perdido con los nombramientos anteriores. El malentendido equilibrio basado en turnos para el nombramiento de ministros ratificados por el Senado, como el triste accionar del ultramontano Mario Fernández en la votación sobre la píldora del día después ha llevado a que después de veinte años de gobiernos de centro-izquierda, tengamos un Tribunal Constitucional conservador en lo valórico y lo político. Si hay alguna pista nos entregue la historia política de Viera-Gallo es que podemos esperar votos adicionales para la mayoría.

La otra alternativa es que la Concertación en realidad nunca estuvo tan comprometida -a pesar de lo que el discurso de algunos pareciera sugerirlo- con incomodar a las elites tradicionales respecto de temas fundamentales. Después de todo -luego de veinte años en el poder- seguimos teniendo básicamente la misma Constitución de Pinochet, las madres que abortan son perseguidas criminalmente sin que exista siquiera aborto terapéutico, y no ha habido reforma tributaria seria.

Lo increíble es que después de veinte años en el plano constitucional es la Concertación y no la derecha la que nos deja de herencia un Tribunal ultra conservador. Y ese, amigos míos, es el triunfo definitivo de Jaime Guzmán y la demostración más clara de por que la Concertación en estos momentos están desocupando la Moneda para que vuelva la derecha.

Director de DINACOS es nuevo presidente del Tribunal Constitucional

1875CE2F-783D-4BCA-B3BD-919A2117994C.jpgEn El Mostrador se hace pública la noticia que mereció un escueto comunicado por parte del Tribunal Constitucional chileno.

Marcelo Venegas, el nuevo presidente del Tribunal, durante la dictadura militar fue Director de la desaparecida Dirección Nacional de Comunicación Social (DINACOS), organismo de la dictadura encargado de la censura y de las comunicaciones oficiales del régimen de Pinochet.

Según cuenta la nota del diario electrónico,

El viernes 8 de agosto de 1986, como jefe de DINACOS Venegas impuso una férrea censura a los medios de comunicación y agencias de noticias, argumentando que en esos momentos se llevaba a cabo un operativo que podría poner en riesgo la seguridad nacional. La medida se mantuvo hasta el lunes 11, día en que se hizo público el descubrimiento del arsenal ingresado al país por el FPMR.

En 2005, el nombre de Venegas volvería a figurar relacionado a hechos de 1986 (el “año decisivo” en que el Partido Comunista y el FPMR apostaron sus fichas para derrocar a Pinochet), cuando el juez Hugo Dolmestch lo incluyó en la lista de civiles miembros del comité político asesor de Pinochet, llamados a declarar en el marco de su investigación sobre los asesinatos de José Carrasco, Gastón Vidaurrázaga, Felipe Rivera y Abraham Muskablit, realizados por la CNI en represalia por el atentado contra el ex dictador.

Los lectores asiduos del blog saben la obsesión que tengo con el Tribunal Constitucional, sobre lo que he escrito en reiteradas oportunidades. Lo que continuamente he comentado es que, salvo por el episodio de la píldora del día después, a nadie parece importarle mucho este tribunal, a pesar del inmenso poder que tiene, y de su escaso control, siendo una extraña anomalía en el sistema de pesos y contrapesos que debiera lucir una democracia como la gente, una democracia en serio.

Incluso más allá de su calidad de director de un organismo creado por la dictadura, habría resultado interesante saber, por ejemplo, qué opiniones tiene Venegas respecto de las relaciones entre libertad de expresión y honra o qué cree respecto del ejercicio de la libertad de expresión como un instrumento de control del poder. A estas alturas, con hechos consumados, no es mucho lo que se puede hacer.

Si bien disto de admirar al ciento por ciento el sistema norteamericano, creo que si hay algo interesante es su sistema de elección de aquellos personeros que no gozan de legitimidad democrática, como es el caso de los ministros de Corte Suprema. A la luz de la reciente elección de Sonia Sotomayor en la Corte Suprema estadounidense, el que en Chile se escoja entre cuatro paredes el presidente de una de las instituciones más poderosas del país resulta a lo menos un insulto para quienes creemos en la democracia y en el control institucional.