Medios y opiniones divergentes

La música es parte fundamental en mi vida, pero rara vez escucho radio. Esas pocas ocasiones coinciden casi siempre con traslados en la ciudad como el del martes pasado, cuando cerca de las 22 horas, sintonicé radio Bío-Bío. Era la primera vez que escuchaba el programa Hoy en La Radio, conducido por el periodista Juan Francisco Canales, quien conversaba en vivo sobre temas de contingencia vinculadas a la justicia criminal con Mario Schilling, hasta hace poco vocero de las acciones de la Fiscalía Oriente del Ministerio Público.

Era una conversación respecto del actuar de nuestros tribunales y del sistema penal a propósito del caso de la puesta en libertad de un menor imputado de abusar a una mujer en Lo Barnechea. El ex representante de la fiscalía era quien moderaba, no sin dificultad, el tenor del diálogo liderado por el conductor del programa, quien utilizó con talento todas las frases chichés y los prejuicios asociados al actuar de los tribunales y el problema de la delincuencia. Pero Mario -inquiría el conductor-, ¿Y si se tratara de tu esposa?”, “Mario, yo entiendo pero y si fuera tu hija la violentada, ¿estarías tranquilo?”. O bien alocuciones falaces requiriendo más mano dura y tolerancia cero y partiendo de supuestos del tipo “tenemos un sistema penal que protege a los delincuentes y no a las víctimas”.

Mi fastidio respecto de lo que escuchaba me hizo reflexionar respecto del rol de la independencia (que la radio de hecho utiliza como slogan) para la libertad de expresión.

Una de las ideas que ha preocupado al profesor Cass Sunstein desde hace algunos años tiene que ver con la tensión existente entre el desarrollo de nuevas tecnologías y la libertad de expresión. Sunstein sugiere que el desarrollo tecnológico vinculado a la distribución de ideas en internet podría amenazar algunos aspectos claves para la política y la democracia. En Republic.com (libro de 2001) sostiene que si internet permite aislarnos de aquellas ideas que no compartimos, de aquellos pensamientos divergentes con nuestras creencias e ideas de bien, podría debilitar parte importante del diálogo democrático. La exposición de nuestras ideas y valores en público permite que ellas sean debatidas y puestas en juicio por quienes no comparten nuestros supuestos para poder así llegar a consensos políticos y construir democracia. De lo contrario, señala Sunstein, sin que nuestras ideas sean desafiadas, corremos el riesgo de tener confianza excesiva, sostener posiciones extremas, despreciar a los demás y, en ocasiones, incluso llegar a la violencia.

Si siguiéramos al pie de la letra la reflexión de Sunstein encontraríamos buenas razones para que los medios entregaran espacio importante a opiniones divergentes a su línea editorial. Si lo piensan, es quizás esa la razón por la que The Clinic en su momento y El Mostrador en estos días, le entregan tribuna a las delirantes, aunque graciosas, columnas de Hermógenes Pérez de Arce, o la razón que explica la presencia destacada de Teresa Marincovic en el diario electrónico. Pero estas no son razones suficientes.

Juan Francisco Canales, Pérez de Arce y la señora Marinovic tienen derecho a decir lo que piensan. A opinar aun si esas opiniones en realidad constituyen disparates. Incluso, recogiendo el guante de Sunstein, existen hasta razones para darles espacio y exponernos, quienes pensamos distinto, a sus ideas. El punto de fondo es que en Chile hay suficientes medios de comunicación como para escuchar discursos alarmistas, falaces, histéricos y, por si fuera poco, profundamente conservadores y clasistas respecto de las políticas criminales. Estamos rodeados de esos medios y de esos discursos que dominan además la agenda política.

Lo que debiéramos esperar de un medio independiente -sea lo que sea signifique-, por tanto, es reflexión, información y contexto. No más alarma, más prejuicios y más intuición, que encontraremos en todas partes con facilidad. Radio Bío-Bío y El Mostrador son dos importantes excepciones en nuestro mercado de medios porque se construyen desde un espacio que -intuyo- de alguna manera representa a quienes creemos en una sociedad más justa, más plural, dialogante y fundamentalmente más igualitaria. Cuando estos espacios deliberativos son cooptados por discursos hegemónicos llenos de intuición y prejuicios los discursos minoritarios se hacen aún más minoritarios y se escuchan a un volumen todavía más bajo.

Mejorar la experiencia, una alternativa al paywall

The Times market share

Desde Chile un vuelo a Europa, tranquilamente, puede durar sobre trece horas. El valor, dependiendo de la fecha, cercano a los mil quinientos dólares. Por las mismas trece horas de vuelo -y en el mismo avión, hacia el mismo destino, y con llegada a la misma hora- hay quienes están dispuestos a pagar dos o tres veces ese valor. Pagan por comodidad, por servicios extras y, seguramente, por cierta posición de estatus. Son pasajeros Bussiness Class. Pagan por una mejora en la experiencia en su vuelo.

Tras una conversación con un cliente, a Oliver Reichenstein comenzó a hacerle sentido aplicar el mismo modelo al negocio de las noticias. A resolver el acertijo de los modelos de negocio de los medios en internet, ese puzzle que sólo parece poder ser resuelto por genios publicitarios y por modelos de pago por acceso.

Los supuestos son más o menos evidentes. Asumiendo la desoladora realidad de la calidad en los textos periodísticos en Chile, leer sitios de noticias es sumergirse en una bañera de banners invasivos, videos con autoplay, escasa preocupación por la tipografía y calidad de lectura. Sin contar, además, que muchos de ellos están inexplicablemente basados en Flash y serán imposibles de enlazar. Leer noticias en internet es, casi en cualquier caso, equivalente a viajar en micro a Puerto Montt. Hubo un momento (¿en realidad hubo?) en que el negocio del periodismo estuvo basado en la producción de información a una amplia audiencia. Hoy, parecer ser más una alocada carrera por conseguir más clicks, más atención gracias al dominio y combinación de extrañas siglas y -últimamente, favorecidos por la esperanza de que cada nuevo chiche tecnológico de moda sea la solución a sus tormentos- apuestas por hacer granjas de contenido y poner obstáculos al acceso a los artículos.

Emol

Oliver Reichenstein usa el ejemplo del transporte aeronáutico. Tal como sucede, sea en caso que usted vuele en clase turista o en bussiness, el resultado es el mismo: siempre se trata de un viaje desde A a B. La diferencia está en la experiencia. Así como sucede en clase business y en clase turista, los sitios de noticias debieran ofrecer el mismo contenido. «La idea es crear un tipo de negocios para las noticias en línea donde no se trate de compra de información, sino de la compra a una mejor experiencia, se trata de servicio y experiencia del cliente».

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Ejemplos, por cierto, ya existen. La reciente ubicuidad de soluciones a-la Readability (Instapaper, Readable, etc) que permiten transformar sitios plagados de banners en preciosos ejemplos minimalistas, o las muy exitosas aplicaciones para iPad como Zite o Flipboard (que si bien aún no tiene modelo de negocio ya ha recibido inyección de capital por 50 millones de USD) parecen darle la razón a la intuición de Reichenstein.

El problema por cierto es determinar el valor, cuánto estaríamos (¿estaríamos?) dispuestos a pagar por ello. Pero el problema fundamental, aterrizando de nuevo en Chile, es nuevamente el supuesto. Tratar de construir un modelo de negocio que consista en ofrecer de pago algo que es posible conseguir gratuitamente es un error del que la industria de la música todavía no logra reponerse. El negocio, así como en el discográfico no parecer ser únicamente la venta de música, no debiera ser la venta de la noticia. Nos enteramos de la muerte de Bin Laden a través de Twitter, no a través de la portada matinal de LUN. Si queremos saber el resultado del partido de fútbol del fin de semana, existen cientos de mejores opciones que recurrir a un sitio pagado.

El supuesto inicial del que debiera hacerse cargo la industria periodística con urgencia -y no sólo en Chile, por cierto- no es el tráfico, es la calidad de sus textos. En un contexto de sobreabundancia, ubicuidad de la información e influencia a través de hipervínculos resulta ridículo pretender montar un modelo de negocio basado en la construcción de obstáculos para el acceso a aquellas cosas que a un click de distancia se ofrecen gratis y muchas veces con mejor calidad. Tal vez, como sugiere el ejemplo de Reichenstein, debieran los medios concentrarse en mejorar el corazón de su negocio (profundidad en el análisis, contenidos originales, periodismo de investigación, etc) y explorar modelos que no se basen en entorpecer el flujo de información, sino en mejorar la experiencia de lectura. Seguro hay quienes preferiríamos pagar por ello.

Los artistas del mañana y el derecho de autor del futuro

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Hace un par de semanas, la sociedad de gestión de derechos colectivos española (SGAE) anunció la creación de la Coalición de Creadores e Industrias de Contenidos, la cual pretende representar dos intereses, en principio disímiles, en pos de lograr una adecuada protección de los derechos de los autores frente al florecimiento de la piratería favorecida por la masificación tecnológica. La creación de este tipo de organizaciones, bajo el alero de las sociedades de gestión no es un caso aislado, y se han creado grupos similares en otros países, como Chile, sin ir más lejos.

Lo anterior da muestra de una extraña relación entre dos de los grupos de interés involucrados en la regulación de los derechos de autor. Pareciera ser que, al contrario de lo que uno podría suponer, los intereses de los miles de artistas y creadores se identifican con los intereses de las transnacionales discográficas de la música y del software; que Adobe y Microsoft levantan las mismas banderas que nuestros artistas plásticos y poetas. Pareciera que súbitamente somos testigos de un milagro, de un momento mágico, donde quienes han negociado condiciones nefastas para los artistas durante décadas se transforman en el brazo derecho de la creación de cultura.

La regulación actual de los derechos de autor, a niveles internacional, regional y local, responde a una importante y triste tendencia, que pretende acrecentar progresiva y violentamente unos derechos que fueron pensados para proteger al autor en los tiempos del mundo analógico en detrimento de los derechos de acceso. Es que los derechos de autor no son sino monopolios de explotación exclusiva por un lapso de tiempo. Como sociedad creemos que la creación intelectual es algo importante para nuestra cultura, y por ello inventamos estos derechos, para que nuestros autores puedan explotar comercialmente sus obras intelectuales por un tiempo determinado. Pero esta garantía ha sido entregada a los autores en el entendido que sus obras intelectuales circulen a través del público. Si el autor mantiene sus obras escondidas en un cajón con siete llaves, no tendría sentido alguno que lo beneficiemos con este monopolio de explotación exclusiva.

Lo cierto es que esta tendencia mundial hacia la sobreprotección de los derechos de autor ha llevado a la creación de titulares sui generis de cierto tipo de derechos y a la amputación de las excepciones y limitaciones a los derechos de autor, que pretenden equilibrar el interés de los autores con el interés del público, de todos nosotros. Esto explica que, si analizamos las normativas de la región, veremos un número críticamente insuficiente de excepciones, que supone que muchas de las actividades que diariamente realizamos en Internet se tornan ilegales. Que en ciertos países el acto de transformar las canciones de un disco compacto a un archivo digital o la digitalización de libros con fines de recuperación patrimonial que hacen bibliotecas sean actos de piratería.

Esta regulación la verdad es que dista de proteger a los autores. Una regulación desequilibrada, que no responda a las necesidades de la sociedad de la información, además de perjudicar al público termina perjudicando a nuevas formas de creatividad que se ven facilitadas por la tecnología. Cada día que pasa se avanza en la superación de la denominada brecha digital, que permite además de otorgar acceso a miles de personas que de otra forma no tendrían cómo acceder al contenido que se ofrece en la red, la creación de obras intelectuales a un costo infinitamente menor de lo que sucedía en el mundo analógico; hoy no es necesario tener un piano de cola para poder escribir obras musicales y cada vez es posible acceder a cámaras fotográficas a más bajo precio, las que permiten generar fotografías y por tanto crear obras intelectuales. Pero mientras la tecnología apunta hacia la apertura, esta regulación desequilibrada apunta hacia el control.

Artistas como Warhol o Duchamp, que cambiaron la forma de entender las artes plásticas en el siglo XX lo hicieron lejanos a las rígidas formas que impone la creación cultural de este derecho de autor desequilibrado. Así, hoy artistas que hacen mashups, collages o artes integradas a través de tecnología son denominados también piratas por una regulación que está lejos de querer proteger la creatividad, sino que pretende proteger una determinada industria cultural bajo el nombre de los artistas.

En este contexto, son las entidades de gestión colectiva en conjunto con la industria multinacional de la cultura y el software las que llevan adelante un discurso anticuado y punitivo respecto de cómo debiera ser el derecho de autor del futuro. Mientras el mundo ve oportunidades y acceso, ellos parecen ver piratería, destrucción y ciertamente menos dinero para sus arcas. Probablemente azuzados por los mismos, es común ver connotados creadores rasgar vestiduras por una nueva regulación que -según ellos- destruirá la cultura y a los artistas, exigiendo con histeria más protección de sus derechos, cueste lo que cueste, y abogando por subir al paredón a quienes pretenden un sistema más justo y razonable.

Pero la verdad de las cosas es que la necesidad de tener un derecho de autor equilibrado dista de ser una necesidad sólo del público. Debe ser una necesidad para el público, para los nuevos creadores y para los nuevos emprendimientos. Mientras la tecnología supone grandes oportunidades de desarrollo y avance de las ciencias y de la distribución de las ideas, algunos lo enfrentan poniendo obstáculos en el camino, parecen preferir avanzar con las anteojeras de un caballo de carreras, evitando observar el flujo de información, acceso y oportunidades que presenta la tecnología para el futuro de la innovación y de la creatividad.

Columna escrita originalmente para Terra Magazine.

Derecho de autor en Chile: Por la razón o por la fuerza

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“Tal como el desconocimiento de la idea de derecho de autor puede arruinar a los autores, también es cierto que el uso inflexible de leyes y regulaciones de derechos de autor o patentes puede terminar inhibiendo la libre circulación del saber y de las ideas. Es evidente que alguien inventó o diseñó la rueda. Si tuviésemos que pagar en cada caso un derecho de autor por el uso no sólo de la rueda, sino también del alfabeto, el paraguas, los zapatos, el papel o el vaso, y siguiéramos indefinidamente con esa lógica, la vida sería insoportable y el progreso imposible.”

Con estas palabras, Juan Guillermo Tejeda explica el derecho de autor en la página 102 de su libro “Diccionario crítico del diseño”, publicado por Paidos, Barcelona, el año 2006.

Las que acabo de reproducir son sin lugar a dudas palabras razonables y adecuadas a estos tormentosos tiempos que vivimos en materia de derechos de autor. Tormentosos porque somos bombardeados en forma inclemente y regular por los titulares de derechos de autor (no los Tejeda, sino los McGraw-Hill, los Adobe y los Warner Bros.) tanto a nivel del discurso como a nivel de los lobbys legislativos, tratando de convencernos de algo que hace rato dejamos de creer: que la única forma en la que puede existir arte y cultura es con un sistema de derechos de autor poderoso y restrictivo para el resto de la gente.

Es que esta posición, en resumidas cuentas, también responde en cierta medida a una forma de comprender la creación de cultura. Porque mientras la ley históricamente ha entendido que los derechos de autor son privilegios que la sociedad le entrega a los autores de obras intelectuales por un lapso de tiempo para que puedan explotar comercialmente dichas obras, hoy este derecho de autor -desfigurado de tantos esteroides- pareciera decirle a algunos que lo que ellos hacen es un arte elevado y que distingue en forma sustantiva de las obras intelectuales vulgares que realizamos todos los demás, incluyendo los artículos de este blog y las fotografías que usted y yo colgamos en Flickr. Una forma elitista de entender la creación y la cultura que se basa en concepciones de la generación de cultura pre ilustradas, por decir algo.

Todo esto que le cuento es a raiz de un interesante a la par de afiebrado artículo publicado por el mismo Juan Guillermo Tejeda en el diario Las Últimas Noticias de ayer miércoles y que ha reproducido también en su blog, donde arremete con anteojeras y a empellones en contra del proyecto de reforma a la ley de propiedad intelectual que hoy se encuentra en el Senado.

Como si el autor de las líneas que las citaba al comienzo fuera otro, Tejeda arremete en contra de lo que él denomina “comunismo de autor”, que vendría a ser una tendencia entre muchos a evitar o disgustarse porque los artistas cobren por el uso de sus creaciones. Ejemplifica Tejeda su punto criticando duramente una supuesta frase se un senador de izquierda (sic) que apuntaba que las creaciones culturales son patrimonio de la humanidad, porque si un artista escribe un soneto es de todos, pero la dieta del senador es sólo de él.

¿Sabe lo que más me sorprende? La delgada línea que separa la mala intención desinformada y la ignorancia respecto del tema. Porque, entre otras cosas, a diferencia de lo que sucede con “la dieta del senador” (qué fácil es ser demagógico en todo caso), las obras intelectuales se protegen por un lapso de tiempo y luego de expirado ese lapso pasan a lo que se denomina patrimonio cultural común. ¡Vaya diferencia con la propiedad que tengo sobre el computador en el que escribo estás lineas! Y esto por una razón simple. No hay ninguna posibilidad, ninguna, de creación de cultura sin haberse servido de obras intelectuales anteriores. Entender el derecho de autor como propiedad es, de alguna forma, una deformación funesta y corporativa de una clase de derechos que están a años luz de los derechos de propiedad regulares. Derecho de autor y re-creación siempre han ido de la mano. Lo que pasa hoy, es que la tecnología lo que hace es precisamente democratizar tanto el acceso como la creación. Sino pregúntele a Lizst y su maravillosa reinterpretación de las sinfonías de Beethoven o las obras de Schubert al piano.

Más allá del mesianismo artístico-concertacionista de algunos -que dicen sueltos de cuerpo que este gobierno salió electo por ellos y que por tanto la presidenta les debe reverencia- sorprende que lo que se está discutiendo en el Congreso y que tanto preocupa a este sector de la cultura son mayores y mejores excepciones y limitaciones al derecho de autor, para equipararnos a estándares internacionales. Porque si lo que el artista concertacionista quiere decir es que le parece mal que las bibliotecas para ciegos puedan realizar adaptaciones de obras intelectuales para los discapacitados visuales, díganlo con todas sus letras, pero no lo escondan en una verborrea histérica, maliciosa y desinformada.

BBDO demandada por Sony por piratear canción de Architecture in Helsinki

Uno de los artículos más comentados por los lectores de Super 45 el año pasado fue el que denominamos Buena música y buenos comerciales, que por su éxito incluso tuvo una segunda versión donde muchos lectores hicieron llegar observaciones respecto de música utilizada en comerciales chilenos.

Ya han pasado varios días, pero la página 4 del cuerpo B de El Mercurio del 15 de Mayo pasado publicaba en un cuadro minúsculo una noticia que a alguno de los editores de Super 45 les pareció historia conocida.

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La nota del diario sostiene que la agencia de publicidad encargada de la campaña de Pisco Campanario para la Compañía Pisquera de Chile S.A. ha sido demandada por los representantes del sello Sony por la utilización indebida de un tema del grupo “Architecture in Helsinki” en un spot, sin pagar derechos y sin conseguir la debida autorización por parte de los titulares de derechos de autor. La causa hoy se encuentra en el 23º Juzgado Civil de Santiago y pretende resarcir los perjuicios civiles y morales derivados de la explotación no autorizada de la canción en un spot que además pretende promover el consumo de una bebida alcohólica. En efecto, además de esta demanda civil, Sony ha anunciado acciones criminales por los delitos de piratería y estafa en contra de la compañía de publicidad.

Bueno, todos nos hemos percatado como en spots televisivos nacionales es común la utilización de canciones de grupos lejanos al mainstream, pero no conocíamos que los titulares de derechos de autor finalmente decidieran llevar el asunto a tribunales.

Dos cosas dignas de anotar. La primera, es que según la nota de El Mercurio Sony se habría enterado del asunto a través de un blog. Cosa rara. Lo segundo, es mostrarles el famoso comercial

Y ahora el original:

Quizás sea el momento en el que nos tomemos en serio los derechos de propiedad intelectual, ya que pareciera ser que no es el público quienes en realidad provoca perjuicios económicos por las bajadas de Internet sino que los asuntos son ligeramente más complejos. O que alguien me explique entonces que el uso de canciones por parte de grandes empresas es equivalente desde el punto de vista de los perjuicios económicos a las descargas no comerciales a través de internet.

Tomarse en serio los derechos de autor, en definitiva, implica entenderlos en su real dimensión: como protectores de los derechos de los autores, pero también como garante de de los derechos de acceso del público.

Piratas y terroristas, Al Queda y el p2p

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Fotografía por Llay-Llay

Mis recuerdos de infancia son siempre en sepia. Como si lo que hubiera pasado antes de cumplir la mayoría de edad, el mundo hubiera estado coloreado entre beige y paletas de grises. Ahora que lo pienso bien, para todos quienes crecimos durante los ochenta en Chile, estos recuerdos no deben haber estado muy lejos de la realidad militar y las lacas de las conductoras de noticias de televisión que teníamos que sufrir.

Uno de los recuerdos más claros que tengo fueron mis primeras aproximaciones a la música. De chico -como muchos de ustedes, podría apostar-, gracias a mis padres y a los cassettes TDK fui parte de esa gran masa de niños que crecieron con Victor Jara y Violeta Parra a la par con el diario de Cooperativa y los éxitos de José Luis Perales y Nicola di Bari. Sin siquiera sospechar que constituiría la hebra de una gran madeja profesional, mis primeras escaramuzas para descubrir cual era la música que realmente me gustaba fue dada por los cassettes pirateados y por mi afición a los recitales en vivo de mis grupos favoritos.

Así, como si fuera parte de la aventura de educarme en colegio de hombres, surfié entre fanáticos irremediables de Poison -como mi cercano amigo Toradji que intentaba sin mayor éxito unirme a sus hordas-, pequeños punketas que, según ellos, frecuentaban la Picá de don Chito y las grandes masas de amantes del rock pesado y gutural, desde Anthrax a Carcass, por decir algo. Por el contrario, mis gustos en esa época eran bastante más eclécticos, pero si había algo que me interesaba era sin lugar a dudas cuando estos grupos mostraban sus armas en aquel ring invisible que era el recital y la amplificación, que llegaba a mis oídos ochenteros a través de aquellas febles grabaciones en cassette.

Y así alguna vez llegué al paseo Las Palmas, y principalmente al Eurocentro, atraído por aquellas poleras, pins y afiches que por supuesto no podía comprar. Tropezando, llegué casi por casualidad, a una disquería que se especializaba en importar alguno de los discos que tenían catalogados en grandes archivadores con páginas plastificadas. Así adquirí mis primeros cassettes en vivo de Nine Inch Nails (que escuchaba imaginando a Trent Reznor sólo mostrando su sombra, como indicaba la leyenda) y de Rollins Band. Y me acuerdo que en aquella época, -donde la forma más sofisticada de ‘piratear’ era a través de un destartalado grabador de doble cassetera que había que ocupar mientras no estuviera en uso el secador de pelo- ya se hablaba que estos discos enteramente ‘piratas’ -que luego denominaría bootlegs– que compraba para mi solaz, ayudaban a financiar a lejanos terroristas irlandeses. De más está decir que fue infructuosa mi búsqueda de referencias al IRA en esas carátulas hechizas de una sola plana, en las letras o en mensajes subliminales.

Hasta que leí ayer la noticia en EMOL y aquellos recuerdos en sepia volvieron de nuevo. Es que parece que MIA y Diplo tenían razón, que la piratería financia el terrorismo, que cada vez que compras discos en la cuneta parte de ese dinero va a los bolsillos de guerreros afganos y no a financiar la cerveza aguada y el cigarro del ambulante.

Porque pareciera ser que la repetida noticia sobre los famosos perros antipiratería (ver la misma noticia en Mayo de 2006, en Septiembre de 2006, en Enero del 2008 y en Marzo del 2008) es un signo de los tiempos. Si demandar a menores de edad no sirve para convencer a la gente de lo incorrecto que es descargar de internet, si no sirve repetir noticias sobre pelos con olfato privilegiado, pues entonces resulta más fácil imaginarse a Bin Laden disparando morteros con audífonos y Anthrax de fondo.

Nueva ley mutila la libertad de expresión artística


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Ley 20.243 de 5 de Febrero de 2008:

Art. 2: (…) El artista, intérprete y ejecutante gozará, de por vida, del derecho a (…) oponerse a toda deformación, mutilación u otro atentado sobre su actuación o interpretación, que lesione o perjudique su prestigio o reputación.

Sí, leyó bien. Miriam Hernández, Luchito Jara, Juan Gabriel y Alberto Plaza hoy ya tienen herramienta legal para oponerse ante cualquier “atentado” contra sus interpretaciones si lesionan su “prestigio o reputación”.

Artistas: avanzar sin transar, que la libertad de expresión y la parodia no son tan importantes como proteger el prestigio del artista.

Señores, así se legisla en Chile.

Los billetes del Banco Central y la falacia del registro

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Esta semana fue el show del Banco Central. No contentos con los problemas de inflación que debe atacar, al parecer hay un grupo de funcionarios con tiempo y ganas de entretenerse a costa de otra institución pública, y lo que es peor, a costa de nuestros bolsillos.

Si usted es extranjero, chileno con vida propia, o chileno pero no tiene televisión, le cuento de qué se trata.

BancoEstado (ex Banco del Estado) lanzó hace algunas semanas una serie de spots televisivos donde un pato, símbolo de la institución bancaria, dialoga con una serie de personajes de la historia de Chile, Arturo Prat, Ignacio Carrera Pinto, Gabriela Mistral, Andrés Bello y Bernardo O’Higgins, cuyas imágenes además aparecen en los billetes y monedas de circulación nacional. Además de dialogar, aparecen imágenes de representaciones de dichos billetes. Aprete play en el botón del video de acá abajo y verá el spot.

¿El problema?
Algún creativo funcionario del Banco Central de Chile, órgano que entre otras funciones tiene la potestad exclusiva de emitir billetes y acuñar monedas, vio en este divertido spot la posibilidad de ponerle cortapisas al antiguo Banco del Estado y echar abajo los anuncios. Seguramente comenzó a buscar argumentos legales que apoyaran esa iniciativa. Y la encontró.

En un comunicado de prensa hecho circular el 3 de Septiembre, el Banco sostiene que representó a BancoEstado:

el uso indebido de reproducciones de parte de las imágenes insertas en billetes de curso legal con fines de propaganda, atendido su carácter de propietario exclusivo de los derechos de autor correspondientes a los diseños de las monedas y billetes de curso legal, según consta de la inscripción en el Departamento de Propiedad Intelectual, otorgada conforme a la Ley sobre Propiedad Intelectual.

Al parecer, esto ha provocado que los famosos spots ya no sigan emitiéndose en la televisión Chilena.

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La falacia

Como el atento lector de QLN ya sabe, el sistema de derecho de autor otorga protección a las creaciones intelectuales una vez que estas son fijadas, sin requerir registro previo alguno. Este es el denominado principio de protección automática del derecho de autor.

Pues bien, esto no obsta a que en los países existan oficinas públicas relativas a propiedad intelectual, y más aún, existan Registros de Propiedad Intelectual. En el caso de Chile, éste depende de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos y está ubicado en el centro de Santiago. ¿Para qué queremos registros si tenemos protección automática?

Para dos fines:
1) para fines de transferencia de derechos
2) con objetivos probatorios

Claro, si usted es creador de una canción y va al Conservador, realiza el depósito y paga los tres mil pesos, la ley le entrega una presunción de autoría. Esto es, por ese sólo hecho la ley va a presumir que usted es el autor y no otro. Como comprenderá, es una presunción meramente legal, es decir, puede ser derrotada por alguna otra prueba en contrario. Siendo yo un bandolero del derecho de autor, podría haberle robado una copia del disco y haber ido corriendo al registro. El Conservador, dado que no pregunta nada, me va a conceder el registro, pero eso no quiere decir que me transforme en autor por el sólo ministerio de la ley. Quiere decir que la ley supone que el que registra, es autor, pero es una presunción que puede caerse fácilmente.

Por eso llama la atención el argumento legal usado por el Banco Central, pues da la señal errónea que por el sólo hecho de haberlo registrado se ha transformado en titular de derechos de autor, lo que en estricto rigor no es correcto. Más aún, en sus Preguntas Frecuentes, el Banco Central sostiene que es titular sobre los diseños de billetes y monedas, lo que consta en la inscripción N° 115.594 del Departamento de la Propiedad Intelectual. Sin entrar en el fondo, resulta sorprendente que según esta interpretación, no podamos reproducir, adaptar, fotografiar ni romper billetes ni monedas, ya no porque sean moneda de curso legal, sino que por razones de propiedad intelectual. ¿Tendrá derechos morales?

Para terminar, apuntar el hecho que son dos instituciones públicas las que están metidas en esta suerte de cat fight administrativo (?). Claro, porque cuando se trata de obligar a otra empresa pública a guardar una publicidad que le debe haber costado varios miles de pesos, los costos de no ocupar algo en lo que se invirtió fondos públicos y más todavía, tener que grabar un nuevo spot para evitar compromisos legales, los que pierden no es ni BancoEstado ni el Banco Central. Adivine, atento lector, una vez más quien es el perjudicado.

A estas alturas ya no es mero descriterio de algunos abogados. Es una demostración adicional de los absurdos de tener un derecho de autor que con el pretexto de proteger a los artistas ha terminado en esto: en un sistema legal que le entrega restricciones a los mismos creadores.

Bergmanbits, un homenaje pirata a Ingmar Bergman

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El mundo del cine lloró esta semana la muerte del admirado cineasta sueco Ingmar Bergman a los 89 años.

Bergman es considerado uno de los directores más importantes del siglo XX, y durante su carrera recibió cuatro premios Oscar y realizó más de cuarenta películas, siendo la última la magnífica Saraband, el año 2003.

Yo me quedo con algunas imágenes de sus películas, como la descomposición del tiempo o la muerte jugando ajedrez en El Séptimo Sello.

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Pero no venía a hacer sólo un homenaje a Bergman. Venía a contarles de otro homenaje, Bergmanbits, que ha armado la gente detrás de The Pirate Bay.
Como ellos mismos lo explican,

Como grandes fans de la obra de Bergman, decidimos hacer este sitio tributo a las películas que él creó y nosotros amamos. Queremos ayudar a la gente a que comparta estas obras y esperamos que aunque Ingmar ya no esté más entre nosotros, más gente tendrá la experiencia de estas películas y las disfrutará tanto como nosotros.

El homenaje, viniendo de The Pirate Bay, ciertamente no se queda sólo en lo emotivo: ofrecen descarga vía Bittorrent de la filmografía completa del maestro sueco, desde Hets de 1944 hasta Saraband de 2003.

Sin entrar en las consideraciones legales que claramente son pasadas a llevar en todo esto, no deja de ser impresionante esta nueva forma de homenaje, basadas en la idea de compartir las cosas que te emocionaron alguna vez. Bueno, todos hemos hecho lo mismo. Con links y sin links. Con o sin bittorrent. Para qué nos vamos a poner moralistas ahora.

todas las fotos por 20minutos.es

La Tercera cuenta mal la historia de Bittorrent

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fotografía de netmagazine

Si usted tuvo en sus manos el ejemplar de ayer del diario La Tercera pudo acceder a la nota titulada “La historia del creador del programa más popular para bajar archivos de internet” [enlace a captura de pantalla], donde cuenta la historia del famoso Bram Cohen, quien creó el casi perfecto programa de intercambio de archivos llamado Bittorrent.

Casi todo bien, hasta una frasesita en el artículo que, la verdad de las cosas, me dejó un poco noqueado. Dice la nota de La Tercera:

En 2002, Bram Cohen usó trucos como ofrecer contenido para adultos para lograr que los usuarios probaran su sistema. Además, cometió su mayor error comercial: hizo que el código para Bittorrent estuviera disponible como código abierto. “Era un programador en quiebra y no tenía un modelo claro de venta. Sólo quería que la gente lo usara.”, señala.

“Su mayor error comercial: el código abierto”. Me llamó la atención esa frase. Y me puse a buscar. Y encontré la nota original de Netmagazine de Inglaterra. Para mi sorpresa, en la revista inglesa dice algo muy distinto a lo que publica La Tercera del domingo.

Dice el párrafo original de Netmagazine: (en subrayado lo que omitió la nota de La Tercera)

In 2002, Bram collected some free porn to lure users to test his peer-to-peer file distribution protocol. He made the source code for the original BitTorrent client available as open source, which, in retrospect, sounds like commercial suicide. “I was a broke programmer,” he laughs. “I didn’t have a clear model. I wanted people to use it. If you can’t get people to use it when you’re giving it away for free, you can’t get them to use it when you’re charging them.”

Es decir, en ningún lugar del artículo de Netmagazine se dice que la opción por el código abierto haya sido el mayor error comercial de Cohen.

Lo que dice la nota original es que “en retrospectiva, suena como un suicidio comercial“, que es bien distinto. La nota no dice que la opción por el código abierto fuese el mayor error comercial de Cohen, como quiere hacernos creer La Tercera.

Además, la nota de La Tercera obvia la frase final de Cohen (en subrayado) donde el programador explica en parte por qué optó por una licencia abierta/libre, diciendo que “Si no puedes conseguir gente cuando estás entregando algo gratis, menos podrás conseguirlos cuando les estás cobrando por ello.

En definitiva, llama la atención la forma en la que se encaran temas como estos en la prensa tradicional, llenando de FUD opciones como software libre/abierto, incluso cuando se trata de traducciones de artículos que dicen precisamente lo contrario.

Ah, y sólo para agregar una cosa. Señores de La Tercera, hasta cuando insisten en ese invento endemoniado del Papel Digital. Hasta cuando insisten con el Flash. Oh oh.