Tratado de Marrakech: Una victoria del acceso frente al lobby corporativo

Con una presentación especial de Stevie Wonder en Marrakech, a fines de junio finalizaba una larga serie de conferencias de alto nivel, que desde hace más de cinco años pretendían  generar un instrumento internacional que ayudara a los discapacitados a tener acceso a obras intelectuales a través de formatos accesibles.

El fin de esta historia -o el comienzo de un proceso, dependiendo del punto de vista que se utilice- fue sellado a través del Tratado de Marrakech, el que ha sido visto por la Unión Mundial de Ciegos (UMC) como un hecho histórico, dado que es la primera vez en la historia que un tratado sobre derechos de autor es pensado para proteger a usuarios y no para sobreproteger a sus titulares.

El objetivo del tratado es más que razonable. Es tener un instrumento internacional que establezca un estándar mínimo de excepciones que los países deban cumplir, además de la eliminación de barreras para el intercambio transfronterizo de obras en formatos accesibles. Este objetivo, primario y de una elocuencia suficiente como para lograr consensos, estuvo lejos de ser compartido por todos los países que participaron en la discusión en el seno de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Sin ir más lejos, Estados Unidos -que cuenta con buena parte de las normas propuestas en su normativa interna- hasta hace poco se negaba a la idea de hablar siquiera de un tratado. El sector privado, liderado vergonzosamente por la Motion Pictures Association of America (MPAA), intentó infructuosamente hacer ver que el objetivo de este tratado no era sino parte de una estrategia para desestabilizar la protección de los derechos autorales.

En particular, uno de los argumentos más interesantes de la MPAA en contra del tratado era que intentaban que existiera un texto que reflejada una idea de “equilibrio normativo”. Es interesante como, al igual que sucedió en Chile a partir de la última reforma a la ley de propiedad intelectual, es la industria -y en algunos casos otros sectores conservadores aun dentro de instituciones públicas- quienes utilizan la retórica del “equilibrio” para abogar por un modelo de derechos de autor construído a favor de intereses corporativos y en contra del acceso. Un derecho de autor equilibrado no es aquel que le entrega más control a los titulares e intermediarios. Un derecho de autor equilibrado es uno que contextualice sus implicancias sociales y culturales y que no relativice la importancia del acceso.

En los países desarrollados sólo el 7% de los libros que se editan están disponibles en formatos accesibles, cifra que baja a cerca del 1% en países en desarrollo. En un contexto donde el modelo legal de derechos de autor sigue acrecentando la brecha del acceso al no contar con salvaguardias a favor del público -sin resolver el problema de las obras huérfanas, aumentando indiscriminadamente los plazos de protección, sin tener excepciones para usos no comerciales- un tratado como el de Marrakech es una excelente noticia no sólo para las personas con discapacidad visual o auditiva, sino también para el interés público, abriendo la puerta para una discusión más profunda respecto de qué modelo de derecho de autor se ajusta a los requerimientos de acceso e inclusión para construir una sociedad más justa.

(Columna escrita para Derechos Digitales)

Savater sobre Aaron Swartz

Pero la cruel fiscal Ortiz, sean cuales fueren sus excesos de celo, dijo algo perfectamente razonable al sustentar su acusación: Robar es robar, sea lo robado una cartera o un archivo informático y tanto si se roba con una ganzúa como con un ordenador”. Impecable. Añado: y tanto si se roba para repartirlo entre los pobres, a lo Robin Hood, como para lucrarse. Amigos y familiares de Swartz aseguran que él repetía que lo único que quería era “cambiar el mundo”. Admirable idealismo aunque en sí mismo encierra una amenaza, porque el mundo puede cambiar para mejor o para peor: nadie menos de fiar que quien cree que todo cambio es bueno por ser cambio, advirtió hace tiempo el filósofo Odo Marquard. Ahí tenemos por ejemplo a un hacker de indudable peso, Kim Dotcom, cuyo idealismo presenta más dudas que el de Aaron Swartz. Sin embargo, él también nos anuncia que su nuevo sistema de almacenamiento MEGA “cambiará el mundo”. Significativa coincidencia del gángster y el desprendido profeta. Tal parece que ambos creyeron que la transformación del mundo que viene se basa en que el robo deje de ser robo, maldita sea la fiscal Ortiz: la diferencia es que para Aaron Swartz habría de convertirse en virtud y para Kim Dotcom me temo que en vicio impune…

Así reflexiona el escritor Fernando Savater en el diario El País ante la muerte de Aaron Swartz. Le parece impecable la frase de la fiscal Ortiz. 

Probablemente Aaron no murió -al menos de manera directa- producto del extraño celo de la fiscal en un caso que no reportó un solo peso de ganancia económica. Un caso donde el principal afectado por lo que Savater denomina robo, JSTOR, levantó todos los cargos contra Swartz. Pese a ello, la fiscalía siguió adelante con especial determinación. 

Los problemas del derecho de autor no se acaban ni terminan con un caso judicial. Tampoco se resuelven los problemas profundos que llevan a algunas personas a tomar determinaciones lamentables. Pero por suerte hay estadios de los que, por suerte, se puede salir con más facilidad, como la ignorancia. Claro que eso requiere trabajo.

Occupy internet

Gran paradoja de la tecnología es que mientras los avances tecnológicos nos suelen sorprender entregándonos acceso a información y cultura, la legislación que se hace cargo de ella suele estar centrada en elaborar sofisticados mecanismos de control y restricción de derechos.

La propuesta denominada ‘SOPA’ no es sino un ejemplo, feroz y extremo, de lo anterior. La propuesta legislativa del senador Lamar Smith pretende entregar nuevas herramientas a los titulares de derechos de autor para enfrentar la amenaza de la llamada piratería en internet. Entre otras, las medidas propuestas implican la inyección de filtros y monitoreos constantes a servicios web en búsqueda de eventuales infracciones a derechos de autor, la facultad de bloquear sistemas de pago online e intervenir el DNS, sistema que hace funcionar la WWW tal como lo conocemos.

Esto explica la alarma a nivel internacional. Lo más grave de SOPA es que con la excusa de proteger un interés privado se pretende romper la internet que conocemos. Y eso merece movilizarse. Así como miles se movilizaron y ocuparon espacios públicos en protesta por las injusticias del sistema, quizás ahora es el momento de ocupar internet.

(Escrito para Las Últimas Noticias, 18 de enero de 2012.)

Miserias del ‘rockumental’

“La actual normativa del derecho de autor se convierte en instrumento de censura. Si el astro, su editorial o su disquera pueden negar el uso de sus canciones o grabaciones, disponen de un veto inapelable. Y no dudan en aplicarlo: en 2005 se estrenó Stoned, largometraje con actores sobre la tumultuosa vida y sospechosa muerte de Brian Jones, inicialmente cabecilla de los Rolling Stones. Dado que Jones fue despedido por sus exasperados compañeros, todo aquello es material sensible. (…)

Aquí entramos en territorio sacrílego. Los actuales beneficiarios se indignarán con solo mencionarlo, pero en algún momento, no muy lejano, debe repensarse el derecho de propiedad intelectual, tan desajustado a la realidad. En el campo que nos ocupa, convendría ampliar el concepto de lo que los anglosajones denominan fair use, que potencia la libertad de expresión y crítica. El uso razonable permitiría recurrir mínimamente a material protegido para desarrollar documentales con visiones heterodoxas.”

Diego Manrique reflexionando desde El País respecto del ‘rockumental’ y el derecho de autor como herramienta de censura.

Menos derecho de autor y más derecho a leer

diadellibro

La fotografía es de la Cámara del Libro

Cada 23 de Abril, día en que además se supone que murieron Cervantes, Shakespeare y el inca Garcilaso, la UNESCO celebra el día internacional del libro y el derecho de autor. A nivel local, el viernes recién pasado la Cámara Chilena del Libro junto con las autoridades inauguraron las celebraciones locales con, faltaba más, una feria del libro en plena Plaza de Armas de Santiago.

Junto con las cartas que algunos interesados han enviado a los diarios, es curioso que quienes más celebren la existencia de los libros y del derecho de autor sean intermediarios, industrias y gerentes antes que creadores y público en general. La pregunta que surge de inmediato es la razón de la celebración. ¿Qué es lo que hay que celebrar? ¿Que existan los libros o lo que producen?

Para la Cámara -que reúne a más librerías que editores- está claro. Como lo que hay que celebrar es este modelo de negocios que consiste en la venta de ejemplares físicos que contienen obras intelectuales, celebramos abriendo una feria. En lugar de ofrecer acciones que alienten a fortalecer las bibliotecas públicas o mejorar los índices de lectura, para los viejos amigos de la Cámara lo que es motivo de celebración es la organización de tenderetes de venta con promotores que reciben sueldos fiscales.

De alguna manera celebrar el libro sin celebrar el conocimiento, el acceso y la cultura es como celebrar el día del cassette cuando queremos festejar la música.

En un mundo donde reforzar los derechos de autor avanza de la mano con cercenar derechos fundamentales de la mayoría y proteger a ciertos objetos industriales del furioso paso del cambio de formatos y modelos de distribución, tal vez sea mejor idea celebrar las oportunidades que hoy tenemos para acceder, disfrutar y re-crear la cultura. Peter Singer indicaba un par de días que si hemos sido capaces de poner un hombre en la luna y descifrar la secuencia del genoma, las razones de no tener una biblioteca universal gratuita no son técnicas, es solamente una decisión política. De hecho, hay un imperativo moral. Si se trata de celebrar, quién no disfruta haciéndolo, propongo menos celebrar objetos y más celebrar nuestro derecho a leer.

TPP es el nuevo ACTA

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Fotografía de Cory Doctorow, CC:BY-SA

Antes fueron los Tratados de Libre Comercio (TLC). Está siendo desde hace un tiempo en el norte y Europa ACTA. Hoy Trans-Pacific Partnership o TPP es la nueva sigla de moda. La nueva sigla que merece nuestra atención.

Pensado en principio como una manera de establecer mejores condiciones de libre comercio entre países de la región Asia-Pacífico, el TPP es un acuerdo comercial multilateral que pretende regular distintos asuntos relativos al intercambio de bienes, servicios e información. Como viene siendo una nefasta tendencia en estas materias, las negociaciones han revestido carácter de secretas y por tanto, tal como sucede con la discusión relativa a ACTA, ha sido sólo a partir de la filtración de los términos de negociación que grupos de la sociedad civil han podido ejercer algo más de control respecto de los eventuales acuerdos que estos países pueden llegar a tener.

Como suele suceder en estos casos, la agenda de la propiedad intelectual vuelve a ser uno de los temas más importantes en las negociaciones. Si bien países como Nueva Zelanda han tenido una posición de relativo equilibrio, la semana pasada se filtró la propuesta del Estados Unidos sobre la materia, el que no sólo pretende ir más allá de lo establecido en los tratados bilaterales sino que en ciertos casos excede incluso los polémicos estándares del ACTA. Entre otras cosas, se propone:

  • Aumentar los términos de protección de 70 años luego de la muerte del autor (lo que ya es un absurdo exceso) a 95 años en el caso de los fonogramas.
  • Criminalizar la elusión de medidas tecnológicas de protección yendo muchísimo más allá de lo establecido en los «tratados internet» de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.
  • Establecer un sistema de responsabilidad de prestadores de internet que va más allá no sólo de la nueva legislación chilena sino también de la nefasta DMCA. De esta manera, se pretende no sólo aumentar penas sino también establecer medidas de identificación de supuestos infractores, bajada de contenido y desconexión de internet.

Estas medidas no sólo van en contra de los ya elevadísimos estándares en materia de protección que tiene Chile luego de la firma del TLC con Estados Unidos, sino que además obligaría a establecer legalmente medidas de dudosa constitucionalidad y que atentan contra el ejercicio de derechos fundamentales especialmente en internet.

Chile no debería aceptar ni negociar medidas que afecten derechos fundamentales de sus ciudadanos bajo el pretexto de proteger un sistema de propiedad intelectual defectuoso, anquilosado en el tiempo y que por lo demás reporta dudosos beneficios para la industria local. Por el contrario, los esfuerzos por tener un mejor sistema de derechos de autor por parte de distintos grupos de la sociedad civil que se vio reflejado en la última reforma legal debiera ser un elemento decisivo para que nuestro gobierno haga una apuesta madura y potente hacia el fortalecimiento de los equilibrios involucrados, que potencie y no ahogue el acceso al conocimiento y la innovación.

Una elite que pierde el monopolio de la palabra y el control de la realidad

Amador Fernández-Savater dirige en España una editorial llamada Acuarela Libros, donde suele publicar libros que distribuye con licencia Creative Commons. Por alguna razón que desconoce fue invitado a una cena con gente del mundo de la cultura -que me imagino debe ser parecido a nuestra «familia del tenis»- a discutir la posición del sector respecto de las descargas en internet y las horrorosas propuestas legislativas a las que nos tiene acostumbrados la el reino de la península.

Amador publicó un artículo que ha sido, en un guiño que no deja de ser interesante, profusamente copypasteado a través de internet, donde cuenta sus impresiones respecto de la reunión. Les recomiendo leer el artículo completo, pero les comparto un párrafo que de manera escalofriante refleja lo que suele pasar con las elites del mundo cultural también en nuestro país.

Lo que hay aquí es una élite que está perdiendo el monopolio de la palabra y de la configuración de la realidad. Y sus discursos traducen una mezcla de disgusto y rabia hacia esos actores desconocidos que entran en escena y desbaratan lo que estaba atado y bien atado. Ay, qué cómodas eran las cosas cuando no había más que audiencias sometidas. Pero ahora los públicos se rebelan: hablan, escriben, se manifiestan, intervienen, abuchean, pitan, boicotean, silban. En la reunión se podía palpar el pánico: “nos están enfrentando con nuestro público, esto es muy grave”. Pero, ¿quién es ese “nos” que “nos enfrenta a nuestro público”? Misterio. ¿Seguro que el público no tiene ninguna razón verdadera para el cabreo? ¿No es esa una manera de seguir pensando al público como una masa de borregos teledirigida desde algún poder maléfico? ¿Y si el público percibe perfectamente el desprecio con el que se le concibe cuando se le trata como a un simple consumidor que sólo debe pagar y callar?

 

La cultura del todo gratis

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La fundación Wikimedia acaba de recaudar 16 millones de dólares en su campaña de recaudación de fondos, dinero donado por más de medio millón de personas alrededor de más de 140 países. En promedio, cada uno donó 22 dólares a la fundación que maneja, entre otros, la ubicua y maravillosa Wikipedia.

Además de ser una gran noticia (no sólo por llegar a la meta sino también para dejar de ver la cara de perro apaleado de Wales), me ha hecho recordar los rabiosos argumentos por los paladines del derecho de autor en Chile sobre esa extraña cultura del todo gratis que esgrimen algunos y que pareciera ir en contra de la cultura y nuestros autores.

Esta cultura, que pareciera ser una campaña orquestada quién sabe en qué oficina de odiosa multinacional, estaría llevando a una crisis en nuestra industria cultural, que pareciera estar pereciendo cada minuto que pasa producto de estos malditos internautas que no pagan lo que debieran.

Tres ideas. (1) En Chile se editaron 70 nuevos discos chilenos el 2010, sólo dos de ellos por multinacionales: Los Bunkers (Universal) e Inti Illimani (Warner). (2) No se recuerda en Chile otro año con más conciertos en vivo que el 2010. (3) Si Wikimedia recauda 16 millones de dólares, quizás el problema no es que la gente no quiera pagar. El problema quizás está en que no les ofrecen algo por lo que valga la pena pagar, que es diferente.

La fotografía es de Mike Perez, CC:BY