Obama-HOPE: La utopía de la apropiación

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Shepard Fairley a.k.a. Obey, se hizo famoso mundialmente por ser la cabeza tras la intervención artística que encabeza este artículo y que fue utilizada repetidamente durante la campaña de Barack Obama. Pero la verdad es que el trabajo de Fairley parece ir bastante más allá de la utilización de ciertos filtros y degradaciones de color en el rostro del entonces candidato presidencial.

Fairley viene del mundo del skateboarding y del arte callejero. Antes del Obama-Hope, Fairley tuvo un éxito relativo a través de la masificación de la campaña de street art llamada “Andre the Giant has a Posse” en 1986, por medio de la cual una serie de ciudades norteamericanas fueron tapizadas con las pegatinas del gigante. Con la ayuda de la comunidad de skaters, estaba haciendo un experimento fenomenológico, en palabras del propio Fairley.

Como suele pasar cuando se trata de obras artísticas, las obras superan a la persona del autor.

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Así fue como Baxter Orr, un diseñador gráfico de Texas, intervino la imagen del gigante anteponiéndole una máscara clínica. A pesar de lo que usted pudiera pensar, a Fairley no le hizo mayor gracia la iniciativa y, además de llamar “parásito” a Orr, sus abogados solicitaron amablemente que dejara de vender los stickers basándose en los derechos de autor que ostentaba el creador original.

Paradojas del destino, hoy Fairley se encuentra en la misma posición en la que puso a Orr.

Hace algunas semanas se identificó la fotografía que sirvió de base para el poster Obama-Hope, la que fue tomada por el fotógrafo freelance Mannie García y cuyos derechos ostenta Associated Press. A Associated Press, como usted podrá suponer, tampoco le pareció correcta toda la situación y decidió recurrir a instancias jurisdiccionales para obligar a Fairley al pago por el uso no autorizado de la fotografía, además de una porción de las ganancias derivadas de la explotación comercial de la intervención posterior. La defensa de Fairley -que lleva adelante en este caso Anthony Falzone, director del Fair Use Project de Stanford-, ha argumentado que nada de lo que ha hecho el artista es ilegal y que por el contrario, se enmarca en los “usos justos” (fair use) que contempla la normativa de derechos de autor nortemericana, toda vez que el uso de la fotografía de García ha sido utilizada sólo como una referencia y ha sido transformada en una

“sensacional, abstracta e idealizada imagen que creó poderosos nuevos significados y expresa un mensaje radicalmente distinto al disparo del fotógrafo original”.

Las dos historias anteriores, hermanadas por el hilo conductor de su protagonista, me llaman la atención no por ser particularmente excepcionales, sino porque ilustran de alguna forma los bordes de la protección legal, por un lado y de la creatividad por otro. No tengo claro cómo será resuelto el caso de terminar en una sentencia judicial, pero sí tengo claro que como sociedad debiera importarnos especialmente la actividad creativa de tipos como Fairley -en este caso- que gracias a técnicas más o menos sofisticadas, logran re-interpretar el significado de obras de otros. Creo que ese es el quid del asunto. No entender lo anterior, implica arrinconar -con las herramientas que entrega este derecho de autor travesti- interesantes formas de creatividad que se desarrollan en los pliegues de la cultura oficial.

Con este caso, de hecho, me acordé de un pasaje muy interesante de uno de mis libros veraniegos llamado “La utopía de la copia”, de Mercedes Bunz:

La elaboración de material preexistente sustituye a la antigua producción origial de este. Los “escombros de la cultura” constituyen, por así decirlo, el futuro cercano de la producción. Continuar con las reglas hasta hoy vigentes significaría, en el futuro, plantearse las siguientes preguntas: ¿a quién le está permitido ser creativo?, ¿quién no se lo puede costear? ¿a quién excluye la economía por no poder pagar las licencias o declarar los derechos? Abordar seriamente esas preguntas no significa de ningún modo cuestionar el derecho de autor en sí. Pero significa que no se puede seguir utilizando ese derecho sin modificarlo.

Bunz dixit.

Derecho de autor en Chile: Por la razón o por la fuerza

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“Tal como el desconocimiento de la idea de derecho de autor puede arruinar a los autores, también es cierto que el uso inflexible de leyes y regulaciones de derechos de autor o patentes puede terminar inhibiendo la libre circulación del saber y de las ideas. Es evidente que alguien inventó o diseñó la rueda. Si tuviésemos que pagar en cada caso un derecho de autor por el uso no sólo de la rueda, sino también del alfabeto, el paraguas, los zapatos, el papel o el vaso, y siguiéramos indefinidamente con esa lógica, la vida sería insoportable y el progreso imposible.”

Con estas palabras, Juan Guillermo Tejeda explica el derecho de autor en la página 102 de su libro “Diccionario crítico del diseño”, publicado por Paidos, Barcelona, el año 2006.

Las que acabo de reproducir son sin lugar a dudas palabras razonables y adecuadas a estos tormentosos tiempos que vivimos en materia de derechos de autor. Tormentosos porque somos bombardeados en forma inclemente y regular por los titulares de derechos de autor (no los Tejeda, sino los McGraw-Hill, los Adobe y los Warner Bros.) tanto a nivel del discurso como a nivel de los lobbys legislativos, tratando de convencernos de algo que hace rato dejamos de creer: que la única forma en la que puede existir arte y cultura es con un sistema de derechos de autor poderoso y restrictivo para el resto de la gente.

Es que esta posición, en resumidas cuentas, también responde en cierta medida a una forma de comprender la creación de cultura. Porque mientras la ley históricamente ha entendido que los derechos de autor son privilegios que la sociedad le entrega a los autores de obras intelectuales por un lapso de tiempo para que puedan explotar comercialmente dichas obras, hoy este derecho de autor -desfigurado de tantos esteroides- pareciera decirle a algunos que lo que ellos hacen es un arte elevado y que distingue en forma sustantiva de las obras intelectuales vulgares que realizamos todos los demás, incluyendo los artículos de este blog y las fotografías que usted y yo colgamos en Flickr. Una forma elitista de entender la creación y la cultura que se basa en concepciones de la generación de cultura pre ilustradas, por decir algo.

Todo esto que le cuento es a raiz de un interesante a la par de afiebrado artículo publicado por el mismo Juan Guillermo Tejeda en el diario Las Últimas Noticias de ayer miércoles y que ha reproducido también en su blog, donde arremete con anteojeras y a empellones en contra del proyecto de reforma a la ley de propiedad intelectual que hoy se encuentra en el Senado.

Como si el autor de las líneas que las citaba al comienzo fuera otro, Tejeda arremete en contra de lo que él denomina “comunismo de autor”, que vendría a ser una tendencia entre muchos a evitar o disgustarse porque los artistas cobren por el uso de sus creaciones. Ejemplifica Tejeda su punto criticando duramente una supuesta frase se un senador de izquierda (sic) que apuntaba que las creaciones culturales son patrimonio de la humanidad, porque si un artista escribe un soneto es de todos, pero la dieta del senador es sólo de él.

¿Sabe lo que más me sorprende? La delgada línea que separa la mala intención desinformada y la ignorancia respecto del tema. Porque, entre otras cosas, a diferencia de lo que sucede con “la dieta del senador” (qué fácil es ser demagógico en todo caso), las obras intelectuales se protegen por un lapso de tiempo y luego de expirado ese lapso pasan a lo que se denomina patrimonio cultural común. ¡Vaya diferencia con la propiedad que tengo sobre el computador en el que escribo estás lineas! Y esto por una razón simple. No hay ninguna posibilidad, ninguna, de creación de cultura sin haberse servido de obras intelectuales anteriores. Entender el derecho de autor como propiedad es, de alguna forma, una deformación funesta y corporativa de una clase de derechos que están a años luz de los derechos de propiedad regulares. Derecho de autor y re-creación siempre han ido de la mano. Lo que pasa hoy, es que la tecnología lo que hace es precisamente democratizar tanto el acceso como la creación. Sino pregúntele a Lizst y su maravillosa reinterpretación de las sinfonías de Beethoven o las obras de Schubert al piano.

Más allá del mesianismo artístico-concertacionista de algunos -que dicen sueltos de cuerpo que este gobierno salió electo por ellos y que por tanto la presidenta les debe reverencia- sorprende que lo que se está discutiendo en el Congreso y que tanto preocupa a este sector de la cultura son mayores y mejores excepciones y limitaciones al derecho de autor, para equipararnos a estándares internacionales. Porque si lo que el artista concertacionista quiere decir es que le parece mal que las bibliotecas para ciegos puedan realizar adaptaciones de obras intelectuales para los discapacitados visuales, díganlo con todas sus letras, pero no lo escondan en una verborrea histérica, maliciosa y desinformada.