in Derecho

El suicida del copyright

NewImage.jpg

(Fotografía Justin Davis, CC:BY-SA)

Hace algunos días Jammie Thomas-Rasse fue condenada a pagar más de un millón y medio de dólares a la industria discográfica norteamericana por la descarga de 24 canciones desde su hogar. La misma industria que no tiene escrúpulos en inventar productos que insiste en denominar artistas y la misma que se esmera en entregar pretenciosos premios con nombres de piedras preciosas a cantantes que aun no venden ni una sola copia en las disquerías.

Esta semana recién pasada Gregg Gillis ha publicado su quinto disco. La totalidad de sus canciones son tan originales como ilegales. Según Wikipedia, en nota editada solo horas después de la publicación online, Gillis -también conocido como Girl Talk- se sirvió de 372 piezas de canciones para construir All Day, sin contar con la autorización de sus titulares de derechos de autor. Sin ir más lejos, el sello que lo publica se llama, casi como si fuera un arriesgado guiño a una industria que ha hecho de los tribunales de justicia la mesa a patear, Illegal Art. Todo comienza con uno de los riffs más famosos de la historia del rock y la quebradiza voz de Ozzy Osburne en War Pigs repentinamente comparte pista con las rimas de 2Pac y Jay-Z. Siguiendo el cálculo de los abogados de la industria discográfica -según algunos los únicos que se benefician en esta guerra del copyright- Gregg Gillis debería haber depositado en las cuentas de la industria musical más de 23 millones de dólares para hacer un disco que respetara los dictámenes de la regulación del derecho de autor. De ese derecho que al parecer tiene poco de protección a autores y mucho de defensa de la industria y sus abogados.

Varios se han preguntado por qué Gillis no ha sido llevado a alguna corte norteamericana a confesar sus delitos flagrantes. Una de las explicaciones es que Girl Talk hace rato que dejó de ser un artista inofensivo y under. Ha tenido aparición estelar en varias películas que se refieren a la reflexión crítica sobre el derecho de autor, profesores universitarios y legisladores hablan de él y en definitiva se ha convertido sin quererlo en un caso ejemplar de esta cultura del remix y el mashup. Demandarlo, sostienen algunos, implicaría encender las sirenas para grupos de defensores del fair use sirviendo como un ejemplo paradigmático de por qué tenemos que cambiar la ley. No sólo probablemente sería defendido por los abogados más prestigiosos de Estados Unidos (fundamentalmente EFF y el Berkman Center de Harvard), sino que de pasada sería un cuestionamiento radical a las prácticas de la industria. En Chile, la SCD debe estar tranquila porque, cosa curiosa, el artículo 71B de la ley de propiedad intelectual podría autorizar al uso que hace Girl Talk sin necesidad de pago alguno.

Los gurús 2.0 -casi siempre más preocupados de inventar conceptos que parezcan nuevos que del rigor- dicen que estamos en una etapa extraña en la historia, superando el llamado paréntesis de Gutenberg. La idea, en resumen, sostiene que la masificación de la tecnología implica una vuelta al principio, un rompimiento con las lógicas de la era moderna en lo que se refiere a la producción cultural. Estaríamos ante una vuelta de la producción propia, de lo artesanal, la fragmentariedad y, sorpresa, el remix. En esta vuelta a las raíces, Girl Talk viene a ser el perfecto negativo, el doppelgänger, del artista del renacimiento europeo. El creador renacentista, ese ermitaño malgenio y vividor que soñaba con la aparición del ‘genio’ que le ilustrara el camino de la creatividad, es hoy un ingeniero químico que debe plastificar su computador para evitar algún percance derivado del sudor o de la cerveza desperdiciada por los aires al calor de su energético show en vivo.

Pero tratamos con las leyes que querían proteger al idealizado artista clásico al artista del futuro que hace de la mezcla insolente una construcción cultural valiosa, creativa y, paradójicamente, original. Desde la óptica del derecho de autor tradicional, Girl Talk está más cerca de ser un suicida que el cada día menos rockero -y más delirante y menos creativo- Claudio Narea, agresivo paladín de los intérpretes criollos. Girl Talk no sólo hace un ejercicio obsceno y provocador de rescate y remezcla cultural sino también pone en jaque las concepciones clásicas de autoría y obra original. Sin querer queriendo, y con cinco discos que parecen una extraña pero valiente inmolación, también nos muestra las fronteras del derecho de autor del futuro.

(artículo publicado en Super45.net)

Write a Comment

Comment

  1. Hola

    Creo que no se ha demandado a Girl Talk, porque la industria se encuentra temerosa de que alguna Corte falle en favor de Girl Talk, quien tiene a su vez, un poderoso argumento de fair use (pese a que muchos autores han objetado que no habría fair use, toda vez, que el uso que hace Gills sobre las obras no se enmarca dentro de ninguno de los propósitos enunciados en la sección 107 del Copyright Act de 1976).

    Te hago una consulta Claudio. Tú sostienes que bajo el art. 71 B, el mashup de Gills sería lícito en nuestra legislación. ¿Será lícito porque se hace a “título de cita”, porque francamente no veo cómo podría ser hecho con fines crítica, ilustración, enseñanza e investigación?

    Slds

  2. No digo ninguna certeza, Grillo. Digo que “podría”.
    También “podría” aplicarse el 71 Q.

    Saludos,
    Claudio

  3. Muy interesante el post.
    Sólo un comentario asociado al tema del “paréntesis de Gutenberg” y una pregunta.

    Creo que es un poco forzada la definición del paréntesis a partir del soporte artístico. Los límites entre la creación propia y las influencias creativas de ningún modo están definidas de acuerdo al soporte que se use. Lo que hace Girl Talk es muy similar a lo que se hacía con la “tape music”, y de algún modo sigue el espíritu del “ready made” en la idea de que los materiales no son lo importante en la producción creativa. En este sentido su estilo es muy arte moderno.

    Concuerdo en que la masificación que impuso la imprenta nos dió la idea de “obra terminada con autor definido”, pero eso no cambia el hecho que muchas de las obras impresas en realidad siempre han tenido las componentes de oralidad, remezcla, fragmentación y producción impersonal y colectiva que toda obra humana pre-imprenta se dice tenía. La biblia es el mejor ejemplo y es gracias a la imprenta que se propaga en varios idiomas. Ese proceso tiene todas las componentes que supuestamente la imprenta anula.

    Lo que recrea las condiciones “pre-imprenta” a mi juicio no es la masificación de la tecnología, es la masificación de la producción, que no es exactamente lo mismo. De nuevo, no es el soporte, es la mano que lo usa. Antes tener una imprenta era ser un industrial, hoy muchos tenemos una imprenta al alcance de nuestras manos, más similar a como era antes tener tinta y una pluma. En este sentido claro que concuerdo con que la industria musical está muriendo.

    Y la pregunta: por qué “suicida del copyright” y no “asesino del copyright”? o mejor dicho “

    eutanasta

    del copyright”?