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La historia de los ‘phone farmers’ que burlan las métricas de internet

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Buena parte de la economía que sostiene lo que entendemos como internet proviene de nuestra atención. De las porciones de tiempo que dedicamos a sostener nuestra mirada en avisos, a medio camino para ver o leer algo que sí nos interesa ver. Cuántos segundos pasamos en ello, en qué porción del aviso ponemos nuestra atención o cuánto nos demoramos en hacer clic o abandonar la página son asuntos fácilmente medibles por una industria ávida de encontrar métricas, de encontrar negocios sostenibles.

Las empresas más importantes del mundo hoy no venden autos ni aviones, venden publicidad.

Las métricas suelen ser, además de la manera de ponerle números a esa publicidad, narrativas poderosas. Inconscientemente solemos asociar algo popular con exitoso: si lo ha visto tanta gente, debe estar bueno. Así hay apps que nos recomiendan continuamente qué películas ver, qué libros comprar o qué cuentas de instagram seguir.

Así, lo lógico es que se intente automatizar esa atención, tal como hacen los Phone Farmers: compran teléfonos baratos, los conectan a internet y los enchufan a mirar avisos sin parar. Nadie tiene por qué saber si atrás de esas pantallas touch hay un jubilado, un estudiante con exceso de tiempo libre o un estante lleno de otros teléfonos programados. Los phone farmers pueden ser todo eso y recibir un poco de plata en la pasada.

Un episodio más de esta extraña distopía en que vivimos.