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Música para el que no le gusta la música

Como corresponde a todo acelerado camino a la adolescencia, M. (10 años de edad) cada vez que puede trata de hacer un punto. El otro día trataba de armar un argumento inapelable, de esos que luego del punto final de la frase lo hacen a imaginarse a uno dejando caer el micrófono y abandonando el escenario. Es que lo que pasa, me dice con autoridad mientras hace el gesto técnico de tomar el iPad para mostrar Spotify, es que el disco de Bad Bunny me gusta porque es, de hecho, el mejor disco del año.

El mejor o el más escuchado. Parece que es más o menos lo mismo.

En aquella época en que pensábamos que la internet nos iba a liberar de una serie de asuntos (de los problemas de la concentración de los medios, del fascismo, etc) también pensábamos que nos libraríamos por fin de los dictámenes autoritarios de la industria musical. Spotify (o la piratería) nos iba a liberar de Sony Music y del waka-waka de Shakira.

Pero los caminos del capitalismo de nuestra era son extraños. La industria musical en la era de la attention economy (que es un eufemismo para denominar la industria derivada de la explotación masiva de datos, violando nuestra privacidad para ofrecernos productos que no necesitamos comprar) tiene nuevos conejos en el sombrero. Hace unos días, sin ir más lejos, Netflix hizo pública su estrategia de crecimiento para los próximos años. A diferencia de lo que uno podría pensar, la idea no es superar a sus competidores directos, ser más que Disney o HBO. La estrategia es ambiciosa: el principal competidor de Netflix es nuestro ocio. La estrategia es ganar en el mercado del tiempo libre.

Un fascinante artículo habla precisamente sobre esto. Sobre el consumo musical basado en estudios de audiencia, en hits musicales que duran siempre menos de 3 minutos (se trata de attention economy, después de todo), y a canciones pensadas, interpretadas y producidas pensando en tener la atención de adolescentes aburridos. Y que, ojalá, suene lo más parecido posible a Lana del Rey.

A propósito de esto mismo, hace unos días alguien me describía con inusual cinismo el nuevo perfil de audiencias que esperaba ser capturado por la reestructuración de una importante radio FM: Piensa en tu curso de colegio. Toma ahora aleatoriamente al compañero que no parecía especialmente atento a las modas musicales del momento. Ese que no intercambiaba casets piratas, que no le gustaba especialmente Nirvana. Esa persona tiene hoy entre 35 y 44 años. _Ese es nuestro target_, indicó con cierto desgano. El target es programar música para el que no le gusta la música.