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Martín Caparrós tiene un Kindle

Últimamente, mal que le pese a quien le pese, el ciberespacio rebosa de lugares desde donde se pueden “bajar” –bajar es la palabra, Platón por todas partes– miles de libros electrónicos. Hay, por supuesto, que buscarlos: me gusta que conseguir un libro sea una cuestión de astucia y no de dinero. Hay quienes lo condenan, gritan, claman; lo que suelen llamar piratería es el efecto dela posibilidad de poseer de otra manera. Durante milenios, si yo quería invitarte a comer tenía que resignar mi comida, si yo quería prestarte un libro debía separarme de mi libro; la propiedad digital supone que yo puedo compartir una canción con uno o con millares y sigo teniendo esa canción; es –con más radicalidad que la que se ha pensado por ahora– una forma muy distinta, nueva de la propiedad.

Los “creadores” se aterran: si nos bajan nuestras obras, canciones, libros, películas sin pagarnos nada, ¿qué vamos a hacer, de qué vivir? Todo su terror probo, bienpensante, está hecho de respeto sumo por la lógica del mercado: que si alguien quiere ver o leer o escuchar debe pagar por eso. Cuando se quejan de robos están haciendo del dinero lo decisivo, desmintiendo que escriben –o filman o componen– porque quieren escribir, filmar o componer, porque tienen algo que debía ser escrito, filmado o compuesto –y sin novia–. Yo escribo, supongo, entre otras cosas, aunque me cueste soportarlo, para que alguien lea –y si me pagan por eso será muy bienvenido, pero no dejará de ser un agradable efecto secundario.

Martín Caparrós tiene un Kindle y explica su experiencia en Letras Libres y define los derechos de autor como un agradable efecto secundario. Los destacados de los párrafos, son míos.

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  1. Es raro, pero al principio del nuevo libro de William Patry la idea es la misma: el derecho de autor en sí no es la causa de mayor cultura ni creatividad.

    Plantea, en términos sumamente similares, que el copyright es un efecto posterior a la creación, un agradable efecto secundario, y no el motivo de ésta.