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Hágase un donante de su Propiedad Intelectual

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Desde hace unos años en Chile, si usted quiere renovar o sacar por primera vez permiso de conducir le hace firmar un papelito donde usted declara si es o no donante de órganos. Suena un poco creepy al principio, pero resulta de suma relevancia para efectos de eventuales transplantes de alguno de los órganos que queden útiles luego de un accidente de tránsito que le cueste la vida.

Así también mi abuela, que es testigo de Jehová, tiene un autoadhesivo bien poco discreto en la parte trasera de su cédula de identidad donde, con grandes letras rojas, expresa su voluntad de no recibir transplante de sangre alguno, sea cual sea el motivo, por razones religiosas.

Usted podría pensar que sólo riñones, hígados o glóbulos rojos/plaquetas pueden ser objeto de un esfuerzo previo del futuro occiso para expresar de manera tangible su decisión respecto del destino de aquellos elementos que le son constitutivos. Pero no, un grupo de creativos activistas (que también han montado un countdown que muestra la cantidad de años que falta para que la obra de Notorious B.I.G. pase al dominio público(?)) ha ideado una forma práctica para hacerse cargo de antemano de toda la propiedad intelectual sobre las valiosas obras que hemos aportado a la humanidad.

Así, puede usted descargar fácilmente un set de pegatinas para pegar en su carné de conducir o en su cédula de identidad expresando su decisión de donar toda su obra intelectual al dominio público. Así, se ahorra abogados, problemas y aprovechadores que quieran ganar su pedazo con la gestión de su obra intelectual. Supongo que a Pablo Neruda no le habría gustado que los dineros recaudados por sus derechos de autor sean hoy administrados por un íntimo de Ricardo Claro, de manera perpetua.

Esta anécdota me trae a colación uno de los más bonitos absurdos de nuestra añeja, vetusta y desequilibrada ley de propiedad intelectual. Resulta que en general usted puede renunciar a los derechos que la ley le entrega, siempre que mire sólo a su interés individual y no esté, obviamente, prohibida su renuncia. Así, usted puede renunciar a la pensión alimenticia que la ley establece a su favor y mandarle la plata de vuelta a su papito corazón, pero no puede renunciar a sus derechos laborales.

Así, suena lógico que usted pueda renunciar a sus derechos patrimoniales de autor. Es decir, al derecho que la ley a usted le entrega de beneficiarse de la explotación comercial de su creación intelectual. Tanto así, que la propia ley sostiene que cuando se perfecciona una renuncia, la obra de aquel autor pasa a lo que se denomina patrimonio cultural común (artículo 11.c.). Entre nosotros, dominio público.

Todo bien hasta que leemos la tramposa norma del artículo 86, escondida en la parte final de la ley que señala:

Son irrenunciables los derechos patrimoniales que esta ley otorga a los titulares de los derechos de autor y conexos, especialmente los porcentajes a que se refiere los artículos 50, 61, 62 y 67.”

Así, mientras el artículo 11 nos dice que si renunciamos a los derechos de autor nuestra obra pasa al dominio público, el artículo 86 nos dice que la renuncia está prohibida (!). No voy a darles la lata explicando detalladamente cómo, en mi modesta opinión, esta flagrante y absurda contradicción debe resolverse, pero desde ya tenemos que asumir que es necesario eliminar derechamente la norma del artículo 86 o bien restringirla a los derechos morales que sí son irrenunciables o bien a los porcentajes a los que hace referencia. Eso sí que es más lógico y razonable. No parece razonable que una ley me prohiba regalarle a alguno de ustedes, por ejemplo, el lindo afiche de Wilco que adorna mi oficina.

Ya a estas alturas lo sabe: Los caminos del Señor y del derecho de autor son muy sinuosos y los gobiernan extraños intereses, todos a nombre de los autores y muchas veces contra los autores.

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  1. Yo feliz dono mi producción intelectual, pero hay que ver si alguien la quiere…por ahora, mi pequeña contribución se encuentra en el notebook que me robaron hace tres días y que contenía algunas letras inconclusas, pero sin duda mi mejor esfuerzo creativo!

    No somos cercanos Claudio, pero de verdad me gustaría ese afiche, para que me pongas en la lista digo yo…

  2. Jeje Claudio.

    Ya hemos comentado lo absurdo de esa contradicción, todo un “bug”, pero al menos nos ganais en que al menos el legislador en algún momento ha permitido que las obras entren en Dominio Público por la mera voluntad del autor. En España ni se lo plantea.

    Ardo en deseos de conocer la solución al problema, y si tiene algo que ver con el Código Civil, 😉

    Un saludo.

    See you soon.