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Enchúlame el puente, Calatrava

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Fotografía por Lombas

Luego de la crisis económica de principios de los 80, la ciudad de Bilbao comenzó una inmensa reconstrucción donde se dio especial énfasis a los espacios públicos revitalizando completamente la ciudad. Es así como se explica la construcción de destacadas obras arquitectónicas para uso público como la sucursal del Museo Guggenheim de Frank Gehry, el diseño del Metro de la ciudad, obra de Norman Foster, el nuevo aeropuerto de Bilbao, denominado ‘La Paloma’ y el controversial puente o pasarela Zubizuri, ambas del famosísimo arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Calatrava será, les adelanto, el protagonista de esta historia.

A pesar de ser considerado uno de los símbolos de esta nueva Bilbao, el Puente Peatonal del Campo de Volantín -su nombre original- no ha estado ajeno a una serie de críticas que contribuirán a llenar el recipiente donde los contribuyentes y ciudadanos de la ciudad de Miguel de Unamuno y Alex de la Iglesia depositan sus frustraciones y descontentos. Es que supongo -y en esto están de acuerdo conmigo los vascos- que debe haber alguna relación entre la buena arquitectura y la ‘usabilidad’. Leía en un artículo de Anatxu Zabalbeascoa que la contraposición entre esos conceptos se graficó perfectamente cuando la señora Kaufmann, dueña de la famosa casa en la cascada, se quejó ante Frank Lloyd Wright porque la maravillosa casa tenía goteras que caían sobre la mesa. El arquitecto, sin dudarlo un segundo, le dijo que entonces moviera la mesa.

En el caso del ZubiZuri -“puente blanco” en euskera- los bilbaínos concentraban sus diatribas en la composición del piso del puente, el que no se aviene al clima del país vasco: con sus sucesivas lluvias el puente se convertía en una sofisticada pista de patinaje, claro que sin hielo y sin patines afilados. A esto súmele que las calles que unía inicialmente el puente no eran las más adecuadas para el tráfico de peatones.

Pero los desencuentros entre los locales y el arquitecto tuvieron un punto de quiebre el año pasado cuando el municipio de Bilbao autorizó al japonés Arata Isozaki a construir una conexión entre las lujosas torres diseñadas por él y el puente de Calatrava. La construcción de una estructura hecha por el japonés que se integrara en el famoso puente blanco colmó la paciencia del arquitecto valenciano y lo llevó a encontrarse en tribunales con las autoridades de la ciudad de Bilbao.

Pero Calatrava no argumenta infracción contractual por parte del Ayuntamiento. Tampoco argumenta perjuicios económicos directos. Lo que alega Calatrava, es la violación de sus derechos morales de autor y solicitando una indemnización de la no despreciable suma de tres millones de euros. Porque claro, los derechos morales son una cosa muy delicada, pero como decía el personaje de Ricardo Darín en Nueve Reinas, no faltan putos, faltan financistas.

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Fotografía cortesía (?) de ElMundo.es

Los derechos morales son derechos perpetuos e instransferibles que existen por la “unión espiritual” que tiene el autor con su creación. Son, en general, el derecho a inédito, derecho a evitar cualquier transformación de la obra y el derecho de integridad. Basados en estos siniestros derechos esotéricos, cabalísticos, Calatrava pretende que se vuelva al estado anterior de la obra, esto es, demoliendo las mejoras hechas para conectar el puente con la nueva explanada, o bien una indemnización de tres millones de dólares por daños derivados de este “atentado”.

La cuestión, en España, ha sido de gran importancia. Porque además de presentarse como un juicio entre un arquitecto engreído (el que recibió, por lo demás, más de 300.000 euros por la construcción del famoso puente) y el pueblo de Bilbao, se presenta como una lucha de egos entre Calatrava y Isozaki. El punto no es sólo que se construya algo en el puente que atente contra su expresión artística, sino que lo haya construido un arquitecto distinto, alguien como Isozaki.

Pero hay una tercera forma de entender el asunto, que es cómo se utilizan los derechos de autor para fines que van mucho más allá de defender esos derechos. Lo que hace Calatrava es, básicamente, usar tal vez una de las construcciones más reaccionarias que existen en materia de propiedad intelectual, en un cat fight de arquitectos engreídos que se tiran del pelo y se hunden las uñas a costa de los bolsillos de los habitantes de Bilbao. ¿Es para esto que tenemos derechos de autor?

Porque el que el puente sea o no una obra artística, la verdad es que no es el tema fundamental, a lo menos para mi reflexión. En Chile, este tema estaría saldado con lo que señala el artículo 46 de la Ley de Propiedad Intelectual, que señala que

Art. 46. En las obras de arquitectura el autor no podrá impedir la introducción de modificaciones que el
propietario decida realizar, pero podrá oponerse a la mención de su nombre como autor del proyecto.

Punto. Se le saca el nombre Calatrava y ya está. Más cuando le agregamos el dato que fue un puente construido con dineros públicos, lo que le agrega pimienta a la cuestión. Dejando de lado que en Chile normativamente esté resuelto el asunto, quedan elementos boteando. ¿El que la obra de arquitectura esté regulada por derecho de autor autoriza a Calatrava a oponerse a cualquier modificación que se le haga? ¿Sólo él puede añadirle o quitarle elementos? ¿El que esté protegido por derecho de autor, impide que el ayuntamiento pueda realizarle modificaciones para que sus ciudadanos -quienes financiaron su construcción- puedan usar el puente y no resbalarse cuando llueve?

Los invito a encontrar argumentos al respecto. Porque, la verdad, es que en nuestro mundo del derecho de autor con anabólicos y esteroides posible argumentar para lado y lado.

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  1. Pues la verdad es que, si bien me parece que la demanda de Calatrava es ridícula, un punto de razón tiene: si le cambiáramos una coma al Quijote (aunque fuera para adaptarlo a la gramática actual) medio mundo se alzaría en armas, ¿no? Y Calatrava, sin dudarlo, es el autor y tiene unos derechos morales que, exagerados o no, le concede la legislación española.

    Otra cosa, desde luego es que (i) ¿por qué no fue el Ayuntamiento de Bilbao quien demandó a Calatrava por los tres millones? Si encargaron una pasarela y les colocó una pista de patinaje… Y (ii) ¿Quién fue el animal que le encargó la pasarela y no controló el proyecto hasta que alguien le aviso que les habían entregado la dichosa pista de patinaje?

  2. Sobre este mismo tema escribí unas líneas hace tiempo. Es importante no confundirse pensando que la arquitectura y la visión de Calatrava es la única o representativa de toda la Arquitectura. Existen otros arquitectos y otros tipos de arquitectura, más cercanas a un sentido de gratuidad y desprendimiento:
    http://www.bitacoravirtual.cl/2007/03/04/arquitectura-regalo/
    Saludos

    PD:No vaya a ser que los arquitectos también exijan Canon 😉 http://www.bitacoravirtual.cl/2007/08/01/ultima-noticia-arquitectos-exigen-canon/

  3. El tema de los derechos morales es que puede ser mal utilizado. Me parece que nadie puede negar que un autor debería tener el derecho a que su nombre se asocie con su obra, el problema es, tal como sucede en este caso, el de las modificaciones a la obra.

    Un típico paralelo que se hace entre copyright y derecho de autor es que el copyright no reconoce derechos morales. Eso no es tan cierto. Originalmente, el reconocimiento no era normativo, pero sí judicial. El caso emblemático es el de los Monty Python: frente a la modificación en violación contractual de su programa de TV por ABC, el Segundo Circuito de USA reconoció los derechos morales de los Python y ordenó a ABC no cortar el programa de televisión, tal como la norma contractual entre ellos y la BBC lo indicaba.

    Normativamente, los derechos morales en USA están reconocidos de forma restringida en el Visual Artists Rights Act de 1990, circunscrito a “obras visuales”, como pinturas o esculturas. Sin embargo, está ley también está sujeta a control judicial, que deja claro que los derechos morales no son absolutos. Probablemente Calatrava no tendría derecho alguno a quejarse por las modificaciones a la obra bajo el derecho norteamericano.

  4. En F for fake, Orson Welles regala un monólogo precioso sobre este asunto. Contempla la catedral francesa de Chartres y reflexiona sobre cómo las más grandes obras artísticas de la antigüedad han llegado hasta nosotros sin firma alguna. El video está en YouTube y te recomiendo la película completa como visionaria lectura (es de 1974) sobre los límites quizás irrelevantes de la autoría artística.

  5. Cesar: Sí, claro, sin duda Calatrava tiene derechos morales, en eso no hay duda. Pero me parece más interesante analizar el problema ‘de lege ferenda’, esto es, no desde lo que dice la ley, sino que lo que debiera decir en el futuro. Y, la verdad, es que si me apuras te diría que me parecería fantástico que se permitiera cambiarle comas, capítulos y hasta personajes al Quijote con tal de realizar una resignificación creativa. Es eso lo que los derechos morales no permiten.

    Martín: Yo creo que está muy bien el derecho a reconocer autoría a un autor y reivindicar esa paternidad, pero una cosa muy distinta es oponerse a determinados usos que en definitiva son apropiaciones creativas, re-significaciones con contenido. En Chile, de más está decir que vivimos en el reino de la ilegalidad creativa.

    Marisol: Pues claro, es una hermosa película. De hecho, si mal no recuerdo alguna vez se la dedicaste a este humilde blog en tu bitácora. Es divertido escuchar alguna veces a los extremistas del derecho de autor señalando que si no fortalecemos dichos derechos como restricciones y controles, se acaba la creatividad. Como si la Venus de Milo o los frescos de Miguel Ángel hubieran sido creados pensando en las ganancias futuras por concepto de regalías…

  6. El tema ya es viejillo, pero como estaba un poco atorada con el fin de semestre no había podido comentar.

    La verdad es que leí tanto la entrada como los comentarios a la rápida porque como estudiante de arquitectura el asunto me tiene más que enferma y mi posición es bastante clara: la arquitectura no es un arte. Digan lo que digan connotados arquitectos, profesores o gente que sufre las consecuencias por aún creerlo. Su tiempo ya pasó, así como paso aquel en que la astrología era una ciencia y hoy nadie se tira de los pelos porque los investigadores estén en contra de ella. No es lo mismo una obra literaria, que nace casi puramente por deseo del autor, que una construcción que está por y para cumplir un uso. Cuando se mira así, pareciera que la arquitectura pierde su nobleza o encanto, nada más alejado de la verdad (como pensar que por no creer en un dios creador se pierde el sentido de la ética y moral).

    Así que dicho a la española, Calatrava y todos los arquitectos estrellados se puede ir al carajo. Pero no lo van hacer mientras la gente común y corriente se siga dejando pasar a llevar por personajillos que se creen iremplazablas, y cuya obra es única, más importante que quien la encarga.

    Así, si bien toda obra está protegida por ciertos derechos, aplicar los mismos que protegen a un libro o canción no tiene sentido.

    Una última cosa: la próxima vez que lidie con el ego de su arquitecto de turno, recuérdele quién es el jefe 😉