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Regular la creatividad con leyes del pasado

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Foto por Forgotten Faces

La verdad es que si hay un elemento que define y condiciona radicalmente al derecho de autor es el cambio en las técnicas de producción y diseminación de la cultura. Esto explica por que no existe derecho de autor previo a la masificación de la imprenta, y explica por que el derecho de autor es concebido en principio como un elemento más de censura real y un sistema que otorgaba privilegios de impresión más que un sistema de derechos que defendiera a los creadores de obras intelectuales.

La famosa frase “Todos los derechos reservados” que hemos visto más de una vez en discos, libros y películas es muy expresiva de la forma en la que hoy se concibe el derecho de autor. La regulación del derecho de autor supone que por el sólo hecho de la creación, el autor de una obra intelectual adquiere una suerte de monopolio de explotación sobre ella. Esto implica que, en general, cualquier uso que usted quiera realizar de una obra intelectual debe contar con la autorización previa del autor, y si no la obtiene, el uso que usted ha hecho se transforma en ilícito.

Lo paradójico es que lo anterior -es decir, el derecho de autor entendido como un derecho a autorizar usos a terceros- guarda perfecto sentido con las necesidades que históricamente ha pretendido resguardar el sistema de derecho de autor. Guarda perfecto sentido, en definitiva, con las necesidades que surgen a partir de la masificación de la imprenta móvil creada por Gutenberg a mediados del siglo XV, para resguardar los intereses de los autores de obras literarias frente a la masificación a escala industrial de sus obras y los privilegios de que gozaban los impresores.

Pero la masificación de Internet ha supuesto un nuevo cambio, esta vez radical a la forma en la que entendemos la producción y difusión del conocimiento. Pero la regulación de derecho de autor del pasado, esta que pretendía cada vez más control, se ha transformado en un obstáculo muchas veces insalvable para la sociedad del conocimiento. Principalmente por dos sencillos hechos que muchas veces pasan desapercibidos.

En el mundo analógico, parece razonable que cada copia realizada a una obra intelectual suponga la autorización de su autor. Parece razonable que no sea correcto hacer copias del último libro de Vargas Llosa y venderlas en la calle. Y también parece razonable que sólo Microsoft pueda vender copias de sus sistemas operativos. En definitiva, en el mundo analógico parece razonable que cada copia suponga una autorización. Lo que sucede con Internet es que la situación cambia en forma radical. En el mundo digital, cada uso es una copia. Cada vez que usted visita una página web está realizando técnicamente una reproducción de una obra protegida por derecho de autor. Cuando usted compra un disco compacto y quiere traspasar esa música a su computador, es una copia. Según las normas del derecho de autor analógico, cada copia debe suponer una autorización, y si usted no la tiene, pues es un acto prohibido por la ley. De esta forma, cada uso que hacemos de obras intelectuales en Internet está cubierta por este manto de ilegalidad que supone que sean normas pensadas en regular situaciones analógicas sin ser debidamente adaptadas a las nuevas necesidades de la sociedad. Esto explica la existencia de abusos y absurdos por quienes detentan derechos de autor hacia terceros.

En segundo lugar, la masificación de tecnología ha supuesto la democratización de la creatividad. A partir de Internet, hoy somos todos creadores. Cada vez que usted escribe una entrada en su blog, cada vez que saca una fotografía en su cámara digital, cada vez que prepara una presentación, cada vez que un profesor escribe un artículo científico, cada vez que le escribe un poema a su enamorada, para la ley usted se transforma en un autor. Por tanto, la regulación del derecho de autor, que debiera equilibrar los intereses de todos los actores relevantes, debe también suponer que ya no sólo hay autores en academias y universidades, sino que también en aquellas casas con tecnología que hace posible que cualquier chico con un computador de quinientos dólares pueda crear y editar obras audiovisuales. Y ese chico se transforma también en autor.

La respuesta que entrega la legislación a estas nuevas situaciones es francamente insuficiente. Entregada a la manos de los intereses corporativos de los grandes titulares de derechos de explotación intelectual, la legislación cada vez es más restrictiva y ha supuesto que una serie de hechos que son comunes en Internet se transforman en ilícitos. Esto no es porque la tecnología genere delincuentes. Es porque como sociedad tenemos la obligación de tomar partido en la regulación de la tecnología para que consagre un efectivo equilibrio y releve los intereses derivados del acceso a bienes culturales y sirva para la generación de creatividad y masificación de la cultura.

Columna publicada en Terra Magazine.

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  • Regular la creatividad con leyes del pasado — contrasentido October 22, 2007

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