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El software no se puede regalar

O algo así le dijo una funcionaria de una oficina del Departamento de Comercio de una ciudad inglesa a Gervase Markham, encargado de licencias de la Fundación Mozilla.

La historia dice que Gervase recibió un mail de esta funcionaria avisándole que han detectado un grupo de gente que se dedica a comercializar copias del software Mozilla Firefox y quería confirmar con él que esto significaba violación de la licencia del software para emprender acciones legales contra estos sujetos.

Gervase contesta con un email explicándole a grandes rasgos en qué consiste el software libre, que para a la fundación Mozilla le da igual que alguien venda Firefox y que le encantaría que devolviese los CDs confiscados para así “continuar con su plan para dominar el mundo“.

Ahora viene lo divertido. La funcionaria responde:

No puedo creer que su compañía permita a la gente hacer dinaro por algo que usted le entrega gratis… ¿Es este el caso?

Si Mozilla permite la venta de versiones copiadas de su software, desde un punto de vista práctico hace virtualmente imposible para nosotros hacer efectiva la legislación británica anti-piratería, así como hace muy difícil para nosotros realizar recomendaciones a comerciantes respecto de lo que está o no permitido.

Gervase explica su reacción con muchísima ironía

“Me sentí algo acobardado al ser señalado como responsable de la desintegración del sistema de antipiratería británico. ¿Quién habría pensado que la repartición del software podría causar tales dificultades?”.

Más allá de lo divertido que puede resultar este diálogo de sordos entre un empleado de la FUndación Mozilla y una burócrata que no entiende en lo absoluto qué es el software libre, demuestra cómo -filosóficamente incluso- el software libre destroza el antiguo modelo propietario de hacer las cosas, cómo la aparición de una nueva forma de hacer negocios rompe con los cánones establecidos tradicionalmente. Para ella, así como para muchos, quien copia es ladrón hasta que se pruebe su inocencia.

Lo cuenta el propio Gervase en el Times Online, con muchísima gracia. Vía.

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