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Hubo copiosa cobertura periodística

Hubo copiosa cobertura periodística acerca de la muerte del coronel Germán Barriga Muñoz, quien se lanzó desde un edificio después de preparar todo cuidadosamente.
El caso no pasaría de engrosar las listas de suicidios veraniegos, pero hay antecedentes adicionales, como que Barriga fue un agente importante de la DINA y estaba procesado por varias causas de derechos humanos, entre ellas las de Calle Conferencia, donde fueron asesinados por la DINA cinco miembros de la cúpula del Partido Comunista.
Barriga, en un principio se dice que colaboró con la Mesa de Diálogo de derechos humanos, entregando información acerca del paradero de más de 100 detenidos desaparecidos, pero su actitud en tribunales distaba mucho de ser un colaborador de la justicia.
Sin ningún ánimo ni de justificar su actitud, ni menos de enjuiciarlo por lo que hizo, el caso me tiene bastante conmovido.
Siempre me ha afectado muchísimo “el tema” de los derechos humanos en Chile, y tengo mis ideas claras al respecto. Pero con el suicidio de Barriga sale al tapete un mundo que huele a podrido pero que también es parte de un pasado que tenemos que asumir para crecer como un país sano y fuerte. Es el tema de los torturadores.

Muchos de ellos trabajan en oficinas tal como nosotros, nuestros amigos o nuestros padres, tienen hijos que mantener, cuentas en Falabella, dan plata para la Teletón, sufren con los partidos de Massú, en fin. Después de todo el tiempo que ha pasado, me surge la pregunta -inocente, está claro- de si estos animales, estos desalmados, estos despreciables no tienen derecho a rehacer su vida, a refundarse, a redimirse. Qué se yo… siempre miramos el problema desde nuestra propia trinchera, desde la perspectiva de que el único objetivo al que debemos apuntar es a encontrar verdad y justicia y que debe haber juicio a los culpables.
Pero resulta que muchas veces nuestras peticiones chocan con una realidad que es muchísimo menos caricaturesca que la que nos gustaría que fuese. Lamentablemente las cosas no son tan fáciles y el mundo no se divide entre los buenos y los malos ni entre víctimas y victimarios.
La realidad muchas veces nos choca en la cara y nos damos cuenta que en el mundo real los límites son cada vez más estrechos, cada vez más tenues y que las soluciones “fáciles” muchas veces no son las más apropiadas ni las más justas.
En estos momentos no tengo mucha claridad acerca de esto. Lo único cierto es que me hace reflexionar acerca de las miles de aristas que tiene este problema y de lo complejo que es salir de él.
Y no sé. Cada momento que pasa tengo la convicción de que la única forma de redención frente a nosotros, frente a la sociedad, es la verdad. Sin verdad, no hay redención posible. No, no hay perdón.

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