
Desde hace algunas semanas, las campañas presidenciales en Chile han comenzado a tomar fuerza y, sorprendentemente, uno de los temas más recurrentes en los tres candidatos con más posibilidades, son los jóvenes. Conectados con esta tendencia, todos los comandos preparan el asalto final para la campaña presidencial, desde grupos de trabajo que preparan los programas hasta voceros temáticos con más o menos conexión ideológica con el candidato de turno. Dejando de lado lo programático, probablemente el ítem que más preocupa a los distintos comandos es la campaña online, que supone utilizar las herramientas que entregan las nuevas tecnologías para llegar a un público históricamente difícil y que en un gran número ni siquiera demuestran interés en la política.
Respecto de los jóvenes, resulta inquietante que, por ejemplo en el caso de Frei, quienes acompañan a Sebastián Bowen en sus visitas a regiones sean antiguos militantes de partidos políticos, a pesar que se nos presenten -como en el video- como campañas de voluntariado y de jóvenes idealistas que han visto en el candidato la encarnación de sus esperanzas y sueños (?).
Podemos intuir la respuesta a este problema a propósito de la presentación de representantes de las campañas online de los tres candidatos en el Seminario Internacional de Publicidad Online (nótese el sugerente nombre de la dirección web) organizado por IAB hace algunos días. Invitaron a Matías Amocain por Frei, a Iván Barrantes de Enríquez-Ominami y a Pablo Matamoros de la campaña de Piñera, quienes filosofaron sobre la importancia de las redes informáticas para comunicarse con indecisos y así ganar la elección.
Independiente de las simpatías que uno pudiera tener con alguno de ellos, suele pasar desapercibido que todas estas campañas online o digitales de los candidatos, responden a estrategias de campaña nacidas, concebidas y ejecutadas por agencias de publicidad, que los “comandos” digitales son empresas de servicios. Orelworks, Storm o los creativos contratados por Frei son especialistas en vender productos a través de estrategias online (bancos, seguros, radios o bebidas), y es precisamente lo que están haciendo con los candidatos políticos. Es expresivo del vacío programático de las campañas que nos asalten con pirotecnia y buena onda virtual mientras que el contenido, los programas y las ideas no parecen ser tan importantes como tener una cuenta en Twitter.
Sin ir más lejos, el que los Flickrs y páginas webs de todos los candidatos tengan licencias Creative Commons, no indica ni remotamente compromiso de los candidatos con un derecho de autor equilibrado y justo para todos. Parecieran ser estrategias comunicacionales antes que apuestas políticas.
Mientras todos rasgan vestiduras porque el padrón electoral está cada día más viejo y los jóvenes no están interesados en la política, al final la política, para nuestros políticos, se parece cada vez más a un supermercado, a una performance de marketing.
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En estos días se desarrolla en Washington DC el denominado World Copyright Summit, pretencioso encuentro que reúne a la crema y nata de las industrias multinacionales de la cultura, además de sus asociados estratégicos, las entidades de gestión colectiva.
En una nota publicada ayer por el diario español El País, algunos participantes hablan de algunos puntos que les interesan y que creen es la forma adecuada de enfrentar esta lacra social llamada internets.
Y en el último párrafo le dan un pase gol al flamante presidente de nuestra SCD, quien premunido de la verborrea incontrolable de quienes hablan desde la verdad y la corrección moral, le explica a la agencia EFE los problemas que él ve con el derecho de autor. Los destacados son míos, por cierto:
El presidente de la Sociedad Chilena del Derecho de Autor (SCD), Alejandro Guarello, está de acuerdo y lamenta que en su país exista una presión creciente para imitar la legislación estadounidense. Para el representante de la SCD uno de los problemas de EEUU es que “no se reconoce necesariamente al creador”. “Se reconoce al titular del derecho”, explicó a Efe Guarello. “Eso significa que si una persona está en un pequeño pub cantando y no ha registrado su pieza y viene un representante de una compañía y la compra el autor pierde todo el poder porque lo que importa en EEUU es el que tiene el derecho”. Guarello indicó que si el tema se convierte en un éxito el que recibe los ingresos de los derechos es la compañía y no el autor, que se queda sin nada. “Esa línea es la que se intenta implementar en Chile y nosotros estamos absolutamente en guerra, absolutamente”, concluyó Guarello. A diferencia del modelo anglosajón, en el modelo europeo continental y latinoamericano los derechos asociados a la propiedad intelectual son irrenunciables.
Es una torpeza decir que en EEEUU no se reconoce necesariamente al creador. La explicación de por que sería importante “reconocer al autor” en lugar del titular de derechos es simplemente risible, considerando que los principales clientes de las entidades de gestión colectiva son titulares de derechos -empresas- y no necesariamente autores. Decir que en Chile se intenta implementar una “línea” que pretende entregarle los éxitos a las compañías es ignorar quienes han sido quienes realmente han esquilmado a nuestros artistas en los últimos sesenta años, que ciertamente no ha sido el público, no ha sido la tecnología ni ha sido internet. Han sido los mismos sellos discográficos y los mismos modelos de negocio que financian el seminario al que asiste en Washington. Basta ya de mentiras.
Más allá de las falacias asociadas a una profunda ignorancia normativa -como decir que en el sistema continental los derechos asociados a la propiedad intelectual son irrenunciables-, sinceramente me intriga quién estará tras el guión que siguen con obediencia los voceros de la entidad de gestión colectiva chilena.
Es que Alejandro Guarello está en una guerra. En una guerra que, como otra no muy lejana en Chile, sólo se libra gracias a los delirios de la misma entidad de gestión.
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Los de la foto son Rick Falkvinge y Christian Engström, celebrando los 214.313 votos que le garantiza al Partido Pirata Sueco un escaño en el Parlamento Europeo.
En las últimas elecciones al parlamento europeo obtuvieron un 7,8%, lo que les garantiza a lo menos un escaño en Lisboa. La noticia es relevante (piense nada más en la representación de algunos partidos políticos en Chile), sobre todo por los temas que este partido de reciente conformación ha pretendido poner sobre la mesa, fundamentalmente la neutralidad de la red y los problemas de tener un sistema de derechos de autor que proteja a las grandes industrias multinacionales.
Lo más interesante fue cómo EMOL trató la noticia. Si usted ve la edición de hoy, verá un neutro copypaste del comunicado de REUTERS, muy distinto a la nota publicada el día domingo, donde titula “Piratas y Xenófobos conquistan escaños en el Parlamento Europeo”, destacando también la irrupción de la ultra derecha en Finlandia, Rumania y Austria.
En este extraño ejercicio de asociación, quizás le faltó incluir los porcentajes que obtuvo al partido pedófilo (?), total, son todos lo mismo.
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“Lo importante del debate sobre las minorías sexuales, es que estas no son discusiones valóricas, como muchos quieren hacerlas creer. Son debates de derechos humanos, de igualdad jurídica y social, que deben ser garantizadas por un Estado laico al margen de las creencias y religiones que legítimamente pueden tener unos u otros”
Rolando Jiménez, del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), luego de su reunión con el candidato presidencial Eduardo Frei.
Hacía rato que no estaba tan de acuerdo con alguien.
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Hay que facilitar el “código fuente”. Para interactuar con una historia
y participar en su narración, no basta leerla en la propia lengua.
Se requiere un bagaje de conocimientos, porque cada relato es parte
de un hipertexto más amplio, hecho de nociones y emociones.
¿Será posible establecer un paquete mínimo, un manual para
la co-creación de un mundo?
Se trata de educar, aportar competencias, entrenar para la negociación,
para el pensamiento colaborativo, para el uso de la Red.
Completar la mutación genética: de consumidores a multiplicadores.
Wuming1 y Wuming2, en Código Fuente:La Remezcla.
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Cuando se ejemplifica respecto de internet y las posibilidades de acceso al conocimiento y la cultura, Wikipedia pareciera ser el caso canónico. Es que para las personas de mi generación es muy difícil imaginar oportunidades similares de acceso a los de Wikipedia en los analógicos años ochenta. El libro gordo de Petete y las enciclopedias entregadas con revistas, ciertamente no son competencia.
Wikipedia ha tenido un impacto brutal en la forma en la que las nuevas generaciones comprenden las nuevas tecnologías. Más allá de la increíble cantidad de información que contiene la enciclopedia libre, su construcción colaborativa parece ser su característica más notable. De esta forma, amateurs, profesionales, legos y aprendices son capaces de construir y re-construir el contenido que da forma a la enciclopedia.
Pero hasta ahora había un problema. Un problema legal.
Hasta ahora, el contenido de Wikipedia está distribuido a través de una licencia GNU FDL provista por la Free Software Foundation. Este tipo de licencia es el que hace posible, desde el punto de vista legal, que todo el trabajo de los wikipedistas sea posible. El problema radica en que esta licencia tiene problemas de compatibilidad con muchas otras licencias libres, en particular con las globalizadas Creative Commons. Esto explica, en simple, que por ejemplo, hasta hoy no sería posible utilizar las más de 100 millones de fotografías disponibles en Flickr licenciadas con CC.
La comunidad Wikipedia y la Wikimedia Foundation comenzaron por tanto un proceso para poder aceptar el licenciamiento dual de sus contenidos para hacerlos compatibles con las licencias más masificadas en el mundo. Los resultados de las votaciones se dieron a conocer hace algunos días y resolvieron aceptar el licenciamiento dual con Creative Commons Atribución-ShareAlike, lo que constituye una gran noticia para la liberalización de los contenidos, para el crecimiento de Wikipedia, y, de pasadita, robándole la idea a Andrés Guadamuz, para establecer CC-BY-SA como un estándar de facto para el licenciamiento abierto.
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“¿Qué recuerdos, mitos y símbolos, valores e identidades es capaz de ofrecer una cultura global que que ante todo está impulsada por el comercio y, en el caso del arte, ha sido organizada por un puñado de grupos culturales que operan en el mundo entero?”
Joost Smiers, “Un Mundo sin Copyright: Artes y medios en a globalización”, Gedisa, 2006, p.123.
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A lo menos esa es la conclusión a la que llegaron los lectores de The Economist en uno de los ‘debates’ a los que somete ciertas afirmaciones sobre temas tan variados como si estamos durmiendo lo suficiente, o si los ricos deben pagar más impuestos. Esta vez le tocó el turno al derecho de autor.
En el debate, los expositores principales fueron los profesores William Fisher de Harvard, a favor de la moción propuesta y Justin Hughes de Cardozo Law School, quien tuvo el rol de estar en contra de ella.
Los argumentos en general ustedes los pueden suponer. Fisher, por un lado, explicó los inconvenientes que se generan con un sistema desequilibrado de propiedad intelectual, el que tenemos debido a la influencia de los grupos de interés económicos en detrimento de los del público, a que los convenios internacionales en la materia no establecen techos sino que sólo estándares mínimos y que las mejoras que se han hecho jamás han sido de verdad importantes y de fondo.
Por su parte, Hughes sostiene -entre otras cosas- que para que los ciudadanos tengan incentivos para crear obras intelectuales deben tener cierta seguridad respecto de la explotación comercial de sus obras, y esto se logra a través de la entrega de derechos de explotación exclusiva. En otras palabras, con menos derechos, menos incentivos sociales y económicos para la creación de cultura.
Lo que me parece interesante del debate -resumen en castellano en el excelente Blawyer.com – es que la discusión parte con una pregunta fundamental. En un país como Chile, inmersos en estos días en fuertes debates en el Congreso respecto de nuestra ley de propiedad intelectual, las verdaderas preguntas parecen quedar atrás. Las verdaderas preguntas, creo, están dadas en para qué tenemos el derecho de autor y cómo la forma en lo regulamos hoy afecta o no esos objetivos iniciales. A veces pareciera ser que para algunos el copyright hubiera estado escrito en las tablas de Moisés, las preguntas sobre las razones de tener derechos de autor no tienen cabida.
Para algunos la importancia de las excepciones para bibliotecas y la existencia de usos legítimos o justos que no criminalicen a los ciudadanos parecen poner en jaque equilibrios cósmicos. Otros los denominan robos. Bueno, en otras partes, los equilibros son supuestos.
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Créditos de la fotografía de arriba para SML, CC:BY-NC-SA
Ayer se movieron las aguas. No sólo en algunos blogs que hablaban de la supuesta desaparición de los usos justos en Chile después de un complot del gobierno. Sino que también en el Congreso, respecto de la reforma a la ley de propiedad intelectual.
Pasó ayer miércoles que en pleno debate, el Senador Ruiz-Esquide retiró una indicación por él propuesta que tenía una redacción similar a una norma propuesta por el ejecutivo en el mensaje presidencial que consagraba, básicamente, más excepciones que las que establece la ley cuando estos casos no afecten la explotación normal de la obra. La norma de la que les contaba en post anterior. Mala cosa, pero no el infierno.
Es más, los trascendidos dicen que los senadores acordaron a su vez discutir respecto de la excepción de usos justos contemplada en las indicaciones 123 y 124, que son las que verdaderamente importan y las que finalmente establecerán una excepción de usos justos para Chile.
Tanto la indicación del Senador Ruiz-Esquide como la 123 y 124 han sido rechazadas con energía por nuestros amigos de la SCD y la industria discográfica. Pareciera ser que para ellos todo lo que suene a una excepción favorable al público, por más de sentido común que sea, resulta una ‘expropiación’ inaceptable que impedirá alimentar a los hijos de nuestros artistas.
Es por eso que ni la pelea ni la guerra todavía está perdida. Y personalmente me duele que con el legítimo fin de informar algunas veces se pierda el norte del asunto y terminen por desanimar a quienes están de verdad preocupados por estos temas. El desánimo y la falta de acción son nuestros principales enemigos.
Necesitamos usos justos, sí. Necesitamos hacer algo, sí. Pero no esperemos que otra gente haga cosas ni caigamos en el juego histérico de la propia SCD y sus campañas mañosas. Hagámosla nosotros.
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